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¿Valdrá
la pena morir dentro de la torre?.
El río
de sangre de la fabrica que llevo dentro
está cerrando las esquinas, los vértices.
Mi propio cuerpo es un lugar sediento
un sabor a desolación cosquillea por la garganta
y mi piel es naufragio envuelto en jirones traje,
confusión, palabra.
¡Soy
una extraña!.
La daga es la historia que pasea por mi muñeca
la noche una cantimplora sin agua,
mi corazón, ¡ áquel que vencía imposibles !
es ahora una pálida mirada en un balcón sin
flores.
Temo
más a esta nada que me posee
que a los fantasmas,
a los muertosvivientes
que maldicen en las calles que no tienen paz.
Temo
perder la memoria de tu cabello, tu cuerpo tan
animal,
tu sombra; el resguardo que le dabas a mi amor,
a nuestra cama.
No es
que tenga miedo de perderte
¿ acaso, alguna vez fuiste mío ? ¿¡ Mío
!?,
por decisión unánime de todo lo que fuiste,
eras y serías.
Con la verdad y la palabra en el corazón
y en el alma.
¿Acaso fuiste mío así?.
¡ No !...
Si eso hubiera sido, no te habrías ido.
Ni por el cielo habrías dejado este canto,
este rayo de esperanza olvidado,
echado a un lado, como si no respirara.
Repito:
no es que tenga miedo de perderte es que,
desde que no me duele,
el fervor ha pasado a ser mi mortaja.
No siento,
no compro, no vendo ¡nada!.
No veo el amanecer,
la noche es una noche l a r g a.
Al amparo
del silencio
mi grito está encubierto en mis almohadas;
duermo y no sueño más,
ni con piedad ni con morder,
ni con querer morir porque antes,
al menos eso deseaba.
Hoy entiendo
que la vida es idioma torpe
una manipulación del infierno en plena calle;
un engaño en el mercado para torturar al alba.
¡Ahora
sólo queda la nada!.
Ruego a veces, cuando recuerdo que tenía fe
por los peregrinos eternos.
por los hacedores de poesías que aún creen en
el amor,
en el nombre, en que el alimento es letra
y tiran bajo el azul cielo, sin sol
piedrillas cubiertas de dolor
a las ventanas que se rompen, lastiman y luego
lentamente... 
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