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PIEDRAS
BLANCAS
¿Dónde dejarás mi corazón
cuando te vayas?
¿Encima de las flores?
¿Arriba de los árboles?
¡Debajo de las piedras!
Porque somos de piedra y de
granito,
el cuadrante entre ambos es testimonio
que transcurrimos en el tiempo
comiendo del cuenco del amor
agonías, silencios, adioses.
Ocultamos la muerte y la creación
tomó forma en una cronología de reconciliación
ungida con cantos del Río Miño. Creamos un mundo
de rocas, donde había vacío y distancia pusimos
al amor, pintando con ternura surrealista un mundo imaginario
sin ego, con hambre compartida y manifestada.
Siete días hicimos el amor con claridad,
con un presagio atroz de locura, delirio, suavidad y confianza;
escribía cartas donde firmaba ... te amo y no
te digo nada... todavía. Pero el alma, convertida
en humus, se fue durmiendo en una barquita que pestañeaba
en el mar de rocas del destierro.
Mojamos los guijarros con sudor agraz de
uvas verdes, elevamos en todas direcciones cantos resplandecientes
y recolectamos hojas que se aventuraron a cubrir los graznidos
de las aves. Los cruceiros que brillaban a media tarde hablaban
en voz baja. La pasión estaba habilitada y la ternura
despertaba en tu cuerpo; piel que despacio fue pasando a mis
secretos; entregándose como una carta escueta que sostenía
entre los dedos. Escribíamos y borrábamos de
los carballos nuestros nombres, la algarabía fue tomando
el disfraz de melancolía y entre suspiros, sin saberlo,
labramos un muro.
Fuimos caricias imposibles, fechas con una
lápida inscrita desde el nacimiento. Nos enamoramos
del silencio lapislázuli que inventó nuestras
palabras. Las bocas narraron la unidad humana y el vínculo
era, desde el tiempo de los tiempos, coincidente en el espejo
de las almas. Duramos lo que dura el sueño que golpea
el corazón, construimos con júbilo la larga-corta
travesía de nuestro amor y luego, cumpliendo la promesa
de morir, lo exiliamos de su tierra natal, dejándolo
impúdicamente desnudo en medio de la mar.
Rompimos los diques de los viejos anhelos
respondiendo deseo a deseo. Y fuimos piedras calizas edificadas
en la ternura irreal de los humanos que no tienen réplica
en la poesía, ni en la permanencia del escrito.
Como rocas vigilamos la barca,
las redes que en largas filas
curaban al mar de los sueños rotos,
que interrogan el hambre.
Dibujamos peces para colgarlos
y el espejo se tornó en sangre
que se ciñó a nuestras pieles
cubiertas de granito.
Mordimos los relatos, las persecuciones
de nuestros fantasmas y en la buhardilla, pinté estas
rocas, una a una y con ellas cubrí nuestra cama.
Deshojamos la guerra sin condiciones,
sin tomar la precaria voluntad
se hizo el mundo
siguiendo el Evangelio
según San Petrus;
el corazón que quería ser nube se agitó,
se hizo agua filosofal
y llorando escribí este testamento
sobre una piedra blanca y otra negra....
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