| Contratación
El ogro sale del ropero, se inclina sobre sí,
toma de los hombros al niño y lo levanta de su
cama.
-Bajo tu cama hay un monstruo, niño,- Le dice
susurrando pero con el tono de voz oscuro que es obvio
-tenés que venir conmigo si querés salvarte-
-¿Qué es? - responde el niño con
miedo, sin distinguir de quien.
-El malo-
El ogro carga al niño hacia el ropero. Entran.
Salen de nuevo, pero no es la misma pieza. El cuarto tiene
un aire similar pero tiene cosas diferentes, más
grandes y opacas. El ogro acuesta al niño en la
cama y dice:
-Mañana irás a este lugar para evitar que
vuelva.- Le alcanza una tarjeta que dice el nombre del
niño y debajo "departamento de gerenciamiento"
El niño acostado en la cama piensa que la cama
es muy chica. Se levanta y va la baño. Un baño
diferente pero parecido. Hay menos color. Hay un saco
negro colgado de una percha. Hay también un pantalón
negro, una camisa blanca, zapatos, corbatas, medias, cinto,
negros. Cuelga un espejo de la pared justo encima del
lavatorio. El niño se acerca, todavía somnoliento,
a la canilla de la que bebe agua siempre ahuecando su
manito. ¿Manito? Es todo lo contrario. Levanta
asustado la mirada al espejo que le muestra algo quelo
termina de asustar: un ogro.
Corre a la pieza y se acurruca en la cama que no es su
cama. Anhela despertar entre sábanas de caricaturas,
pequeño en un gigantesco colchón. Se duerme
con temor.
A las primeras luces lo sacuden. Se despierta de súbito.
Tres ogros con trajes negros y camisa blanca le apremian
a vozarrones que se aliste para ir a la oficina. Es la
misma pesadilla de la noche pero iluminada por un sol
signatario de una nueva realidad. Él no es un niño,
es un ogro. Encadenado a un maletín con una corbata,
cumpliendo órdenes en una oficina repleta de trajes
negros, se restriega los ojos sin despertar aún.
Decide salir a ver si puede encontrar el camino de regreso
a casa, pero la puerta no se abre. Recuerda que le hicieron
colocar un dedo en un playo orificio de la puerta. Lo
introduce confundido.
Un sonido corto es seguido de frases escritas en rojo
en una pequeña pantalla que dicen "Las puertas
se abren a las dieciocho. Regrese a su lugar. Que tenga
un buen día." El sonido lo despierta del todo.
Recuerda entonces que pasaron veinticinco años
de aquel sueño infantil. Recuerda la firma en el
contrato. Recuerda la soledad. Gira lentamente bajo la
mirada extrañada de sus compañeros de oficina.
Cabizbajo vuelve a su asiento.
Antes de olvidarlo todo y continuar para siempre, pronuncia
la última duda:
-¿Y si debajo de la cama no había nada?-
10 de abril de 2003
Nicolás Granada Silva
Asunción - Paraguay
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