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Su
cabello siempre tenía la apariencia de una ola rompiendo
suavemente en la costa, y a veces podía ver, en sus
reflejos, la espuma del mar. Al tacto, la energía
de eones pasaba suavemente por mis dedos y me llenaba
de cierta estática que me hacía brillar de noche.
Su color cambiaba con los matices de la mañana, con
la intensidad del medio día, con los tonos del atardecer,
y podía verlo en la más cerrada noche.
En su mirada existían todas las miradas que me habían
acompañado durante mi vida, todos los colores... y
por ello parecía llena de contradicciones. Sin embargo,
predominaban la inquietud y la serenidad, la profundidad
y la sencillez. Si alguna vez alguna lágrima hería
su piel, sus ojos me mostraban no tristeza ni dolor,
sino sólo añoranza.
Angélica había sido madre, y eso me hizo amarla más,
pues me recordaba a mi propia madre. Yo la ayudaba
a mantener la ilusión y ella, simplemente, dibujaba
una pequeña sonrisa, breve pero suficiente para hacerme
saber que estaba conforme, que le gustaba cómo le
secaba las lágrimas, y me confesó llorar alguna vez
tan sólo por el placer de sacar mi ternura a dar un
paseo, y sentir el roce de mis dedos borrando de sus
mejillas todo rastro de lo que yo creía dolor.
Muchas veces jugó a llorar y nunca se lo recriminé.
Me fascinaba consolarla y que ella me permitiera hacerlo.
Sus manos sabían entonces hablar de amor, tocando
mi alma, estremeciéndola. Eran suaves al tacto, y
parecían tomar la forma que yo deseara experimentar
de mis recuerdos: finas y delgadas, grandes pero delicadas...
incluso alguna vez me regaló el tacto de una piel
algo cansada pero tersa, que disfruté intensamente
por los recuerdos de anhelos perdidos por la edad,
por las soledades, por el remordimiento, por el desamor
refugiado y no realizado.
Sí, esos recuerdos eran tristes para mi, pero en sus
manos los revivía y podía hacer eternos esos momentos
que ella, siempre con ternura y regocijo, me regalaba.
Ella era, pués, todas las mujeres.
Con ella, los "tempranos" dejaron de tener
significado o sentido alguno, pues lograba robarme
el dormir en una noche plena de amor, y también despertarme
sin arrebatarme un sueño.
Su voz podía ser la voz del universo. Era el yo interno...
era el contacto conmigo mismo.
Su silencio, en su presencia, podía ser un oasis.
En su ausencia, su recuerdo era volver a morir, anhelar
y añorar... desear su regreso. Ella lo sabía, y siempre
volvía a mi en el momento en que más la necesitaba.
Si... siempre estaba, siempre amaba, siempre sabía
qué decir, qué susurrar, qué puntualizar. Angélica
nunca me dañó, y me hacía ser cada vez mejor.
El último recuerdo que tengo de ella, fue el de una
noche en que fui suavemente apartado de sus brazos,
mientras dormíamos. Yo soñaba con agua, con vida.
Sólo escuché un último "encuéntrame y ámame",
al tiempo que sentía cómo, súbitamente, me abría paso
por un túnel estrecho hacia una luz cegadora, era
recibido en las amorosas manos de mi madre, y rompía
en llanto.
Para tí, Angélica, dondequiera
que estés
24 de julio de 1997. México.
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