La
visión de los vencidos es más
divertida
Eve Gil
El mundo
no es una cosa que se explica, sino
fundamentalmente una zona de la que
hay que salir.
José Vasconcelos
Ulises criollo
Las mujeres que me quisieron
afirma melancólicamente
Emilio Medina Mendoza siempre
estuvieron profundamente cuerdas.
El amor y el sexo fueron sombras iluminadas
que un monstruoso horno incineró
junto con mi cadáver. (p. 239).
Previamente, este homónimo
del bonachón personaje de Rousseau
nos ha dicho: (...) soy un hombre
que no merece admiración, ni
odio, sólo piedad, pues nunca
la encontré. Ser amado
por mujeres profundamente cuerdas
es, a mi parecer, desgracia suficiente
para que el alter ego de René
Avilés Fabila reniegue de la
vida. Hasta ganas dan de brindarle
el hombro y azuzarlo: ¡Llora,
Emilio, llora!... ¡Tú
puedes! No quieras hacerte el macho
ahora, ¡llora!... Oh, qué
dolor despertar bajas pasiones en
mujeres cuerdas (ojo: él jamás
ha dicho haber correspondido a tan
tiernos sentimientos: en medio de
su infinita bondad se ha dejado querer)...
como por ejemplo Laura, una gorda
portentosa, madre de día, intelectual
de noche; hábil artesana del
biberón y, al mismo tiempo,
toda una experta en desmantelar braguetas;
dueña de un marido que haría
ruborizarse a Charles Bovary: el buen
hombre le acerca los libros... y queda
convertido en chivo no precisamente
expiatorio, merced la voraz calentura
de su Emma de Ciudad Jardín,
quien terminará revolcándose
en un charco de petróleo con
tres obreros de Pémex (no me
queda muy claro qué hacía
Abigael Bohórquez ahí),
sin siquiera el buen gusto de los
carruajes y el pañuelito como
sebo. Y este es apenas un botón
de muestra de lo profundamente cuerdas
que son las bellas mujeres que abrumaron
a Emilio con cartas perfumadas, las
cuales, asaltado por un arrebato de
ascesis académica, no se aguantaba
de devolverles con correcciones ortográficas,
lo que nos habla de su incurable verdadero
amor: las palabras (¿Y qué
mujer puede competir contra ellas?)
Emilio, como René, su creador,
es un asediado novelista, un James
Bond de la pluma, con una horda de
envidiosos detractores de un lado
y una multitud de suspirantes damas
por el otro. Es, además, el
protagonista de El reino vencido,
novela con la que RAF alcanza la cima
de su arte como narrador; la novela
río que se había negado
a escribir dada su predilección
por el relato y la crónica.
Decirles que no se trata de una novela
tradicional sólo abarca más
espacio, porque quienes le han seguido
desde sus primeras espléndidas
novelas como El gran solitario de
Palacio o Tantadel, ya saben que es
uno de los narradores menos tradicionalistas
de las letras mexicanas de fin de
siglo... y de los menos snobs también,
algo todavía más excepcional
en medio de tanta farsantía,
de tanta mascarada. Lo que René
persigue con toda su alma es mantener
el interés del lector desde
la primera hasta la última
línea, a la usanza de los viejos
y colmilludos novelistas norteamericanos
con quienes me es imposible no compararlo,
particularmente con Miller y con Hemingway.
El reino vencido, sin embargo, no
es una narración lineal, antes
bien está elaborada con base
en bruscos saltos en el tiempo, de
tal suerte que en una escena vemos
a Emilio quitándole el liguero
a una señora casada, y en la
siguiente aparece Emilio niño,
topándose con su primer ejemplar
de La Iliada. Con un muy singular
sentido del suspense, RAF nos lleva
de una emoción a otra, alternando
sin recato aspectos frívolos
de sus personajes son otros profundamente
emotivos y hasta filosóficos,
como cuando Emilio refiere la siempre
sangrante ausencia de su padre y la
agobiante aunque amada omnisciencia
de su madre. Los recuerdos son vertidos
con la misma arbitrariedad de la memoria
real, por lo que nunca dejaremos de
conocer más y más aspectos
nuevos de la infancia, la adolescencia,
la juventud y la adultez del personaje,
ni siquiera en el casi cierre, rematado
con cierto talante de juicio final.
Cuando nos presenta a su último
amor, en realidad nos depara
una sorpresa: no era el último,
ni siquiera el penúltimo. Es
justo cuando parece que Emilio va
a matarse que surgen los personajes
más entrañables, como
sería el caso de Paco el Calaca,
empedernido lector de novelas policiacas
que trabaja sólo para costearse
su gusto por este tipo de literatura.
El reino vencido, pues, pareciera
una novela interminable, pero es,
ante todo, la monumental crónica
acerca de la fundación de Ciudad
Jardín, la cual adquiere la
dimensión mítica de
una Comala o de un Macondo (aunque
nos recuerda más a Sodoma y
Gomorra).
La enseñanza central de esta
novela parece ser que la historia
no necesariamente tiene que ser escrita
por los vencedores, particularmente
si los vencidos tienen mejor ortografía
y son más guapos. Emilio da
fe de su genealogía, de sus
vecinos, de los secretos de esos vecinos
(se va poniendo buena la cosa), de
sus adulterios, de sus rituales iniciáticos,
de sus crímenes, de sus bacanales,
de sus arreglos por debajo de la mesa,
de sus desvíos financieros
y morales... pero sobre todo de la
grandeza y posterior decadencia de
esta Ciudad Jardín que, como
la Ciudad de México misma se
hizo inmensa, absurda e ilógica,
perdió sus misterios y sus
encantos, se masificó de manera
estúpida y supo perder sus
aires románticos y su profunda
personalidad. (p. 275). Emilio
Medina Mendoza es la memoria de Ciudad
Jardín, y si bien expone con
indiscreto encanto las intimidades
de sus vecinos, muertos la mayoría
(por fortuna para RAF), nos habla
también de sus propias experiencias,
de su transición de niño
a adulto y de seductor de barrio a
escritor afamado, por lo que estamos
también ante una bildungsroman.
Los personajes estrafalarios, en especial
las mujeres hermosas y dispuestas
a todo (y esto incluye a las mosquitas
muertas fanáticas de la preservación
del himen), se suceden vertiginosamente
ante nuestros ojos, tornándose
paulatinamente irreconocibles por
obra y gracia de la pericia narrativa
de RAF. Algunos de los personajes
que por aquí desfilan, no necesariamente
vecinos de Ciudad Jardín, nos
son remotamente conocidos: Carlos
Bracho, Dionicio Morales, Abigael
Bohórquez, María Luisa
Mendoza, Elsa Cross (que espero no
lea la novela) y hasta el Flaco Guzmán,
actor de churros lopezportillistas
sobre ficheras, y que antes de que
se me rebelara como un degenerado
de buen corazón por RAF me
parecía un cómico mexicano
del montón. Pero así
como Emilio narra al detalle vergüenzas
y desvergüenzas de sus vecinos
artistas, intelectuales, proxenetas,
beatas, curas precursores de Marcial
Maciel, deportistas, mafiosos, comerciantes
y hasta el inefable loquito de barrio,
no tiene piedad ni para consigo mismo,
y, como el propio RAF, hace gala de
inteligencia valemadrista al mofarse
de sí mismo. Al acto de convertir
en personajes a los seres de carne
y hueso, RAF lo denomina, románticamente,
encerrarlos en una novela.
Así pues, y aunque Emilio se
considera un ser infinitamente desdichado
que todo se lo ha tenido que arrebatar
al destino, y nos lo dice en un discurso
conmovedor y profundo, expondrá
a continuación una experiencia
que dejará morados de envidia
a sus lectores, en especial a los
que le leen a hurtadillas y juran
no conocer su literatura: a los 60
años, tres matrimonios y una
inmensa hilera de amantes después,
nuestro Emilio encuentra el verdadero
amor (¡ya era hora!) en brazos
de una bella, culta, refinada y sensible
violinista, obviamente veinteañera,
que por si fuera poco, colecciona
todos sus libros, usa medias negras
como las heroínas de las novelas
de Emilio (no confundir con RAF, por
favor), y además, ¡además!,
lo abruma con regalitos como una casita
en San Ángel y un condominio
en Acapulco... y sin embargo, como
buen héroe romántico,
Emilio insiste en hacer de esto una
tragedia y piensa en el suicidio.
Será mi escaso, nulo conocimiento
de la naturaleza masculina, particularmente
de los que, como Emilio, nacieron
machos y heterosexuales en una sociedad
de feministas y gays (sic), lo que
me impide entender cómo es
posible que tras el desfile de largas
y bien torneadas piernas enfundadas
en medias negras, rematadas algunas
con las caras de Jacqueline Bisset,
Catherine Deneuve, Kim Novack y Lauren
Bacall, Emilio haya optado por desaparecer.
¿Será cierto, como dice
aquella canción, que hasta
la belleza cansa? (No, Emilio no era
fan de José José, pero
había leído a Nietszche,
que lo dijo mucho antes) Pues sí,
Emilio sienta cabeza (qué aburrido),
aunque, hay que decirlo para no desanimar
a sus posibles lectores, transcurrirán
cientos y cientos de páginas,
cientos y cientos de orgías,
cientos de cornudos, de esposas insatisfechas
y de prostitutas ingenuas y de intelectuales
depravados y de mafiosos patéticos
y de misses México y de hermanas
de Lilia Prado y de beatas pervertidas
y perversas, para que eso suceda.
Y cuando sucede, Emilio reaparece
en Tenochtitlán. ¿Cuántos
de nosotros, hastiados de la suciedad,
la inseguridad, los vendedores ambulantes,
ergo, del pinche PRD, no hemos deseado,
al menos por un segundo, que esta
ciudad truene de una vez por todas
y resurja su antiguo esplendor?, dice
Emilio: Ciudad mestiza, criolla,
racista, indigna, miserable, incapaz
de cuidar sus tesoros y presta a quedar
en las manos de cualquiera, sí,
ciudad puta (...). (p. 379).
Quiero comentar que El reino vencido
llega a mis manos justo cuando me
encuentro trabajando sobre las memorias
de Vasconcelos. Imposible no establecer
paralelismos entre Avilés Fabila
y aquel, aunque, más que las
similitudes son las diferencias entre
uno y otro las que me incitan esta
reflexión: Vasconcelos, que
era un narrador verdaderamente extraordinario,
carece sin embargo de una virtud que,
en el caso de RAF, es emblemática:
era incapaz de reírse de sí.
Se tomaba demasiado en serio. El Ulises
criollo puede llegar a sonar mortalmente
solemne cuando se refiere a su propio
genio y a sus mujeres, la mayoría
de las cuales eran tan profundamente
cuerdas como las de Emilio (aunque
Emilio es menos menso). RAF, a través
de su personaje, el Ulises de Ciudad
Jardín, que huérfano
de Penélope reconoce que su
Ítaca es una vieja desdentada,
alude a las mismas cotidianas tragedias
de la masculinidad sin perder ese
delicioso talante irónico,
burlón. Lo más extraordinario
es que resulta harto difícil
encontrar a un escritor que hable
como escribe o viceversa, y lo que
se plasma en la obra de Avilés
Fabila es, ni más ni menos,
su voz cotidiana y la perversidad
nata con que cautiva a oyentes y oyentas.
Y como Vasconcelos en sus memorias,
Emilio-René también
nos muestra su cara oculta, la que
raramente exhibe en público,
y es la de la profundidad de sus ideas
y sus conceptos; la de la total entrega
a sus convicciones. Ser ateo y comunista
para René no es pura pose,
como no lo es tampoco para Emilio
quien, como su creador, también
echa de menos a Dios y a Marx, y De
pronto, un cretino oriental declaró
el fin de la historia y el de las
ideologías y esta tesis descabellada,
aunada a la caída del socialismo
real, me dejó huérfano.
Tuve que refugiarme en el amor y en
la amistad. El reino vencido
es, pues, en esta geografía
literaria que empieza a desdeñar
las obras monumentales, las novelas
totales en pro de obras pretenciosas
pero muy menores, un último
bastión de la creatividad,
el genio y la insolencia hecha arte:
el último escalafón
de la grandiosa generación
de narradores a la que pertenece René
Avilés Fabila.
Eve Gil
Todo
sobre Eve Gil
La
Trenza de Sor Juana de Eve Gil
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