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Si
hay un rasgo a través de la historia de la humanidad
que se repite una y otra vez, sin importar la época,
ni el lugar del que se hable. Es que en tiempos de guerra
es siempre el pueblo el que se lleva la peor parte. Es siempre
la gente inocente, el ciudadano común y corriente quien
termina pagando los platos rotos por los errores que cometen
sus gobernantes.
El ciudadano común
y corriente lo sabe, pues entiende que ése es el precio
a pagar por su libertad, por más contradictorio que
esto suene. Sin embargo todo lo que el ciudadano común
se lleva a casa, saldadas las cuentas, es la esperanza de
que algún día todo será mejor, la fe
en que los que están arriba hacen lo correcto, y el
dolor de no poder recuperar nunca lo perdido.
Así como un
manojo de ideales abstractos que le son enseñados desde
que es niño, día con día, y a través
de los cuales se supone debe trazar una línea entre
los que es correcto y lo que no es correcto. Entre el bien
y el mal.
Cuando en los años
80' acá en la capital del Perú, se oia hablar
de actos terroristas, nos dolía por lo que le ocurría
a nuestros hermanos del campo, pero nos sentíamos seguros
y no pensábamos que algo malo nos fuera a ocurrir a
nosotros los limeños, simplemente porque pensábamos
que no teníamos nada que ver con el problema. En nuestro
miedo cerrábamos los ojos, odiábamos a los terroristas
y dejábamos al gobierno hacer con tal de que el terror
quedara lejos y que se quedara por allá. El problema
era del "otro", no era de "uno".
En aquella época
yo era un adolescente que empezaba a ir a fiestas, a salir
con chicas, a emborracharme y que finalmente trataba de no
ver mucho los periódicos. Entonces ocurrió lo
de Uchuraccay y apenas empezamos a darnos cuenta de la magnitud
del asunto. Años después con Alan Garcia en
el poder, después de un efímero período
de prosperidad, que no tardaría el tiempo en cobrarnos
con altísimos intereses, las cosas no cambiaron mucho.
De pronto se empezó a asesinar a un dirigente por aquí,
un político por allá, pero aún "nosotros"
no nos sentiamos verdaderamente amenazados. Poco a poco nos
fuimos acostumbrando a los apagones de Año Nuevo, a
dormir en la casa de nuestros amigos por el toque de queda,
bebíamos más, porque el precio de la cerveza
había bajado, y mientras el gobierno incapaz de conciliar
nos decía que no había nada que temer.
El miedo es la característica
más saltante de aquella época, abandonar una
sala de cine, un salón de clase, una oficina por miedo
a alguna bomba se hizo parte de nuestra rutina diaria. Tanto
que nos llegamos a insensibilizar con lo que podría
estar pasando dentro del país. Llegó un punto
lo recuerdo bien en que al despedirme de mi familia para salir
a la calle, no sabía si los volvería a ver o
no. Era francamente terrible.
Visto así nadie
podría culparnos por haber aplaudido a Fujimori cuando
disolvió el Congreso en el año 1992 y dio un
autogolpe apenas a dos años de haber asumido el poder.
Poco después ocurriría el terrible atentado
de la calle Tarata en Miraflores, en pleno centro de Lima.
Para ese entonces ya
nadie cuestionaría su poder, o sus decisiones, al menos
nadie que no fuera entonces considerado un traidor a la Patria.
Fujimori y Vladimiro Montesinos se instalaron en el gobierno
con más fuerza que nunca y poco tiempo después
eran erigidos como los máximos pacificadores del Perú.
Los que nos habían librado del desaste.
Si las guerras se dieran
solamente entre los soldados preparados para luchar y los
políticos que las deciden, entonces talvez éstas
serian más justas.
Pero sabemos que no
es así. Y sabemos también que llegado un punto
los ideales abstractos quedan completamente de lado y el ciudadano
común no se vuelve entonces más que un pequeño
punto invisible atrapado en medio del eterno juego: MIEDO,
DINERO Y ARMAS.
Hoy que Fujimori está
fugado del país, Vladimiro Montesinos se encuentra
recluído en un penal de máxima seguridad, y
que La Comisión de la Verdad, nos abre los ojos con
respecto a lo que realmente ocurría en todo el país,
al amparo de este poder excepcional y en nombre de la libertad,
¿Acaso no tratamos de convencernos, de que esos "excesos",
no fueron sino males necesarios sin los cuales hubiese sido
imposible conseguir la paz de la que hoy aparentemente gozamos?,
¿Acaso no habremos cometido el error de inyectar más
odio en esta espiral que no tiene cuando acabar, sin habernos
hecho nunca las preguntas que debimos hacernos desde el comienzo?
Mientras tanto las
bajas se dan y la muerte se engorda, sin importar de qué
lado vengan las balas. Los buenos acá son los malos
allá, y los malos allá son los buenos acá.
La ecuacion es siempre la misma y no lo vemos: la violencia
sólo engendra más violencia y los únicos
que siempre pierden son los que están en el medio.
Al sur de nuestro país,
menos lejos de lo que pensamos, el día de hoy se conmemora
un año más del sangriento derrocamiento de Salvador
Allende en Chile, un gobernante democráticamente elegido
y que fue sacado del poder por Agusto Pinochet, quien a su
vez hoy vive su vejez a salto de mata, después de haber
sido considerado durante mucho tiempo el salvador y el verdadero
artífice del despegue económico de su país,
Chile. Aquel golpe- ocurrido en 1973- fue apoyado por los
EEUU temiendo que una marejada comunista se desatara por todo
el continente. Pero no fue apoyado -hagámosle honor
a la verdad- por el pueblo americano -quien hoy sufre la consecuencia
talvez no de Chile, ni de Vietnam, ni de Hiroshima, ni otros
tantos de sus fantasmas, pero si de la Guerra del Golfo, del
ataque a Afganistán y de su permanente intromisión
en la política de los gobiernos árabes, aunque
no lo quieran ver- más bien por su gobierno, más
bien por su central de inteligencia.
Esa misma inteligencia
que el día de ayer armara al grupo Al Qaeda para combatir
a los rusos al final de la guerra fría, la misma inteligencia
americana que después armara a Sadam Hussein para contrarrestar
a Irán. La misma inteligencia que hoy respalda a los
grupos kurdos y chiítas como parte de su campaña
de amedrentamiento contra Irak.
Me pregunto ¿Serán
los kurdos y los chiítas los terroristas del mañana?,
¿Habrán comisiones de la verdad y juicios politicos
el día de mañana para condenar los "excesos"
del hoy y resarcir en algo el daño causado en el pasado?,
¿Podremos algún día acabar con todo esto?,
¿Caeremos finalmente en la cuenta que incluso la Luna
que está todas las noches sobre nuestras cabezas tiene
un lado oscuro, un lado que jamás se deja ver por nosotros?,
aunque pensándolo bien, si en algo me tengo que rectificar,
es que no hay un lado oscuro de la Luna, toda ella es oscura.
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