La castidad
tiene sus ventajas. Teresa
de Konnesreuth vivió
más de treinta años
sin comer, San Nicolás
Von der Flue, desde que
habitó su cabaña
en las montañas suizas,
no tomó ningún
otro alimento que la Eucaristía.
Santa Catalina
llevó una vida semejante.
Durante quince años
sólo bebió
vino tinto rebajado con
agua. Huelga decir que los
tres practicaban la castidad
absoluta y los tres se veían
frescos y rozagantes.
Esto es
posible gracias a un fuego
primitivo llamado acasha,
fuego que se concentra en
los órganos sexuales,
alimenta el protoplasma
y purifica la sangre.
El fuego,
inextinguible e intacto
gracias a la abstinencia,
da para vivir y gozar.
¿No
alcanza para la canasta
básica? Sea casto.
Su salud mejorará.
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