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La casa
perdida de las Violetas Enamoradas
Escapo
de la ciudad cada fin de semana y retomo mi
verdadera esencia, que esta en "La Casa Perdida
de las Violetas Enamoradas". Antes iba sola,
me instalaba en un Hostal y disfrutaba
de cada comida, paseo, lectura, concierto.
Luego, fui integrándome a la sociedad
del pequeño poblado. Ahora tengo un
compañero, cómplice, amante, amigo.
Nos conocimos
hace cinco años, en abril caminando por el
parque, al año decidimos compartir la vida,
pero mis actividades no me permiten, aún,
estar toda la semana a su lado; participamos
de los mismos deseos y somos la parte opuesta
que complementa al otro. Si antes de nacer
nos hubieran dividido, y él fuera el
clon de mi alma, encontraría explicación
a tantas cosas que pensamos o sentimos. Porque
somos dos, pero formamos la unidad. Nos llamamos
a diario, sin embargo, al estar a su lado,
la vida, tiene otro significado, intenso,
pleno. Las diferencias las arreglamos con
tiempo y comprensión.
Vivir el
amor con El Innombrable, no hacerlo; ¡vivirlo!,
es tocar el cielo que pintan los artistas
en el lienzo, o la emoción que sienten
los científicos en cada descubrimiento.
Pero es intenso porque es un conjunto de hechos
y reacciones biológicas, interiores,
químicas, que no tienen explicaciones
pero lleva todo el sentido de vida.
Somos
dos cuerpos, dos mentes, cuatro manos que
no se cohíben al ser una sola unidad. Cuando
llegó los viernes por la tarde, El
Innombrable y yo nos transformamos en solo
un cuerpo, inteligencia, alma que reúne
lo masculino del mundo y que habla con mi
alma a través de un todo femenino.
Cocinamos
juntos, uso un mandil de chef, que llega hasta
mis tobillos; él siempre está desanudándolo,
y todo mi cuerpo se carga de electricidad
porque entre plato y plato nos hacemos mimos,
susurros, juegos. Su mirada sobre mis labios
lo dice todo, sin decir nada.
Empieza desde
antes de vernos un juego erótico de
vida. Mientras cocinamos e intercambiamos
risas o recetas. El Innombrable habla lento,
suave, inventando cada palabra, marcando cada
letra, como si cantara; la "v" es labio dental
y la "b" es tenue, precisa; no asomando su
lengua cuando me dice "ven" y sí cuando
me dice: "beso".
Me
gusta verlo en la cocina, logra la cebolla
en lascas tan delgadas que son traslúcidas,
para verme mejor -como el lobo feroz- y siempre
que soma a mis ojos una mirada coqueta susurra:
menos lobos... mi caperucita; el olor y el
picor son afrodisíacos. Cuando prepara la
"tomata" para el pan de hogaza me excita de
tal manera que aunque quisiera detener el
río que corre por mis piernas, sería
imposible. Sentado en la silla que él
hizo; -la mano de una mujer palmas arriba
en color ocre y violeta recibe su trasero
y la cara en el respaldo, de la madera obscura,
pintada la boca, y la lengua lamiendo su lunar
en la espalda-; así me siento encima
de él, y le digo lo que he hecho en
la semana, siento su calor recorriendo mi
piel, a pesar de la ropa, nuestras pieles
parecen ser solo una. La cebolla deja en los
dedos un sabor a campo mojado por la lluvia;
dos tomates rayados, tres cucharadas de aceite
de oliva, sal, pimienta... él pica
un ajo; yo lamo sus dedos para el siguiente
ingrediente. Cuando finaliza mete sus dedos,
descuidadamente entre mis labios, luego...
lame sus dedos sin dejar de verme.
Me levanto
a preparar la ensalada... dos papas cocidas,
ajo, cebolla, apio, setas; El Innombrable
pone la olla y fríe el bacón y las
setas; vacía el bacón cerca de mi,
rozando mi cuerpo apenas; perejil y crortones
completan la comida. Se acerca por detrás
y acaricia mi nuca con sus labios, sé
que me desea y me ama como yo a él;
entre lascividad amorosa y perversión
tierna, entre vida y muerte.
Así
comemos. Sin dejar casi de hablar, un buen
vino, las copas que cantan, el mantel color
azul, afuera y dentro todo está lleno de violetas.
Él acaricia mis cabello, pasó
mi el dorso de mi mano por su cara, entonces,
acaricia mi mejilla con la suya, nos besamos
suave.
El filete con pimienta y un toque de
vino tinto; de postre el mousse de chocolate
oscuro. Café fuerte, licor y seguimos
hablando, riéndonos.
Cuando El Innombrable
trae el café su cuerpo se bambolean
con energía, irreverente me muestra
su orgullo despierto de ser como es, ni más,
ni menos.
Me encargo
de los licores, sentados en el living de la
estancia y El Innombrable respira hondo, su
mirada es la que me penetra en ese instante,
pero aún no pasa nada. Acercamos las
velas y las encendemos; El Innombrable
leerá para mi, mientras masajeo sus
pies; luego invertiremos los papeles.
Lavamos la loza y danzamos
al escuchar la música mientras mojo mis
manos y enjabono cada pieza como si fuera su
cuerpo; él seca cada plato como si de
mi cuerpo se tratara, mete el secador dentro
del vaso y lo acaricia lento, un dedo, dos dedos...
nos miramos y sabemos que estamos unidos intensamente,
sin tocarnos estamos acariciando cada segundo
juntos, el gran placer y gozo es precisamente
este compartir jugando.
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Más
tarde salimos a caminar a
la playa desierta, tocándonos
apenas las manos; dedo en
dedo, palma en palma, subiendo
y logrando entrar, recorriendo
esa mano como si fuera el
universo.
Nos llenamos de mar,
estrellas, arena y sal. Nos
amamos con todos los sentidos,
pero más nos amamos con el
corazón, con el espíritu,
con la palabra; siempre tenemos
algo que decirnos y el interés
del uno por el otro es genuino.
Somos una pareja como la tierra
es al cielo.
Con
el agua bajo a su cuerpo con
devoción, sorbiendo
cada gota de vida. El Innombrable
bebe de mí no sólo
oleadas de gozo, sino dentro,
más dentro, a la parte
femenina que me habita.
Después se unen nuestros cuerpos,
somos una sola piel,
mezclada con destellos de
ambos, por todos lados
y conforme el mar nos acerca,
más me entrego y más se entrega.
El
mar gime, nos mueve con suavidad,
arriba, abajo; lentamente
llegamos a la unidad, compartimos
con el cosmos la reunión del
amor con el deseo, esas cosas
simples que no merman la integridad
humana.
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Ylia Kazama
Tardes de Secretos©
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