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El Innombrable
El Innombrable hablaba
en broma de lo serio; y en serio de sus bromas,
hacía juegos de las palabras y eso me apasionaba,
tocaba la envoltura de mi santificación y
disipaba el granito de la muralla donde había
sepultado las amapolas. Me enamoré de su risa.
No había placer más grande que arder unidos
como bosque y enramada, diciendo todo... sin
decir nada.
Su sonido era la noche tibia, la oscuridad
total, el descanso de la luna. Mis murmullos,
los grillos que llamaban a sus fantasías.
Al igual que los quetzales enseñan sus plumas
con gallardía, mostrando sus mejores colores
para conquistar; me deslumbraba con su voz
y con su ingenio. Se erizaban los anhelos
y me deshacía como arena con el viento.
El deseo llovió sobre mí al contacto de la
caricia esbozada. Me llenó como un
pan anula el hambre Era un hombre seductor,
entregado al placer del amor, por el placer
mismo. Hacía alborotos por todo y con la sensación
de cálida serenidad, me enloquecía.
Hasta que llegó la noche de no dejar
pendiente nada de lo que se había prometido
en mil juegos.
Los cedros que rodeaban su casa contrastaban
con el impecable césped. En la laguna
los patos blancos, negros, se mezclaban. Me
duché con mil estrellas, me cubrí de: rosas,
hierbabuena, claveles, nardos. Era parte de
los colores de las flores, el aroma de los
árboles; la permanencia solar. Jardinera habilidosa,
continuación de la Señora Naturaleza.
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Sentí
que era una ceremonia que nunca finalizaba.
Como todas las mujeres me preparé
para ser su vino y el mi pan.
Sin desperdiciar una palabra, surgió
en mi enigmática, la Señora del Amor,
llena de fuego.
Palidecí de emoción al entrar, por
vez primera, en los tormentos del
amor. Nos imaginé corriendo hacia
la playa solitaria, desprovistos de
tela ¡era tan bello!. Ágil, esbelto,
con cicatrices, que para mí estaban
en el sitio justo, donde con un beso,
tocaríamos el cielo.
Recorrió
todos mis caminos, con inocencia lujuriosa;
sabia a noche en el mar. Quería que
ese poder me penetrara, en una Ceremonia
Ritual del Fuego Nuevo.
Al
unirnos perdí los limites del entorno;
se esparcía y era el universo en una
pequeña caja de huesos. Los espasmos,
como relámpagos llegaron en oleadas.
Las aguas claras mojaron mi interior
y su sal se introdujo para tejer de
nueva cuenta, nuestra historia.
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Mi Señor del Cielo se entreabría enseñando
la hilera de dientes un poco disparejos, tan
blancos y afilados; era un mosaico, un vitral,
una oda de pasión.
Sabía perfectamente, como si fuera navegante,
del mapa femenino y en él andaba de un lado
a otro. Conocía del tiempo que éste necesita
y me conducía por esos laberintos a todos
los caminos del placer para que gozara una
y otra vez. Se solazaba al percibir mi voz
llena de sonrisas. Sabía de mi rendición sin
condiciones. Al final, cuando me encontraba
extenuada me acompañó en ese viaje húmedo;
eternamente humano y vulnerable. Navegamos
y llegamos a destiempo "intemporal" al mismo
Puerto.
Se reunieron en mi todas las mujeres y esa
legión femenina arrollaba la razón. Hallé
formas en la espesura de su danza. Con la
boca seca, nos privamos de comer, de la fatiga.
Fuimos un
gemido, un solo cuerpo
Vino y sangre
Tierra y Cielo
Grito y alma
Voz y misterio
Mis palabras
eran eco de las suyas, confundiéndose sin
saber cuál era la boca que decía. Era la música,
yo su letra... fuimos una copla erótica, una
rapsodia de vida y muerte.
A
medianoche bañados en abandono letal, emitíamos
susurros que escoltaban las caricias, la sed
de beber el agua que penetraba en la tierra.
Su nombre era la nota más bella... por eso
ahora no lo repito.
A la garganta acudían enrolladas palabras
plateadas en lustros detenidos, en la hoja
del libro de la espada, que antes en blanco,
y ahora pintada de mil demandas amorosas escribimos
que la totalidad del destino duerme en la
parte central que no es perfecta, pero es
el mejor sitio donde reposan los guerreros.
Su humedad
se mudaba y en el festín de ritos lentos,
levantaba la furia y la calma; era como estar
soñando despiertos, una ceremonia largamente
esperada.
Los Nueve Señores de la Noche nos protegieron
y dormimos abrazados. Soñé que me soñaba mientras
sus manos protegían mi pecho.
Así amaba aquel hombre el secreto de mi realidad,
el dédalo despojado de misterios, lleno de
milagros. Deshacía mis obstinaciones, vistiéndome
de hilos azules cuando me decía te quiero.
No había en ese segundo ni un parpadeo, su
voz ronca era el fruto y la semilla. Me quitaba
la vida lentamente y me restituía a ella de
golpe.
-Colgué
el teléfono
-El
Innombrable no había dicho nada realmente
-¿Yo?...menos
Sabemos que llegará el tiempo donde
la tierra y el cielo despertarán juntos
Ylia Kazama
Adaptación de un Fragmento:Malinche Vox Populi.
Manual de Sobrevivencia©
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