En las noches de invierno,
antes de que los Siete Enanos se fueran a dormir,
Blanca Nieves les contaba un cuento.
-Cuéntanos un relato de fantasmas
que de veras nos dé miedo- pidió Feliz. -¿Fantasmas?
¡Bah! - refunfuñó Gruñón y se marchó a su
cama.
Con un estornudo, Estornudo apagó las velas,
y las crepitantes llamas de la chimenea proyectaban
sombras extrañas en las paredes. Blanca Nieves
narró la historia de un fantasma que rondaba
por una casita exactamente igual a la de los
enanos.
Noche a noche, cuando el
gran reloj de péndulo daba las nueve, aparecía
el espectro en lo alto de la escalera. Iba
enfundado en una mortaja blanca y gruñía al
descender los escalones.
En eso, dieron las nueve
en el reloj de la casa de los enanos y, al
sonar la última campanada, Tontín miró a lo
alto de la escalera. Había allí una figura
ataviada de blanco, la que comenzó a bajar
los peldaños, lanzando terribles gruñidos.
¡Era espantoso!: Tontín corrió a esconderse
en el reloj; Dormilón y Estornudo se ocultaron
detrás de las cortinas, y Feliz, Tímido y
Doc se metieron debajo de la mesa.
-¡Aaaaah! -gemía el fantaasma
, y los plegues de su blanca vestimenta se
arrastraban por los escalones. De pronto,
el gruñido del fantaasma se transformó en
un grito. Se oyó el estruendo y la espectraal
figura aterrizó pesadamente en el suelo.
-¡Gruñón!
-exclamó Doc, a la vez que sacaba al maltrecho
enanito de entre la sábana en que se había
envuelto-.
¡Vaya bromas las tuyas!.
-¡No volveré a hacerlo! -gimió
Gruñón-. ¡Me hice un enorme chichón en la
cabeza!.