|
I
Cuenta la leyenda que hubo un día en que el viento, uno de
tantos, cansado de vagar se encontró con el ser más bello
que había visto.
Su cuerpo grácil y temeroso apenas se percibía desde las alturas,
pero el movimiento suave y cadencioso atrajo al viento,
que no tardó en acercarse un poco más.
"¿Quién es esta criatura que llama tanto mi atención? ¿Cómo
es que no la había visto antes?", pensó el viento.
Era claro que no la hubiese detectado, pues los dominios de
ese viento cubrían sólo parte del planeta, y rara vez
frecuentaba a sus hermanos de otras latitudes.
Conforme se iba aproximando, suave y sigilosamente, iba descubriendo
al ser en toda su belleza.
Su rostro era casi blanco, de labios rojos y carnosos. Sus
piernas, a pesar de estar pisando terrenos nuevos, y por lo
tanto vacilantes, caminaban seguros de un destino que el ser
mismo había emprendido... pero eso el viento no lo supo, sino
hasta después. El ser era nuevo en sus dominios, y el viento
quería saber más acerca de él.
Su cuerpo era pequeño pero fuerte, y sus mejillas hermosas
y sin seña de cansancio, a pesar de los desvelos, las
tristezas y las soledades. Lo mismo eran los ojos, de
color común oscuro, pero que tenían el extraño encantamiento de
ser capaces de sonreir.
El viento, admirado por tanta belleza serena, quiso acercarse
más, tanto que deseó ser hombre para poder tocar al ser.
Y fue tanto su deseo, que pronto se vio envuelto en una carrera
loca, directamente hacia el rostro del objeto de su admiración,
y sin poder detenerse un segundo más, fue a estrellar un beso
en la mejilla derecha de aquella mujer (pues eso era el ser
que el viento había encontrado), y anduvo todo el resto del
día feliz, a pesar de su falta de forma, por haber podido
demostrarle a la mujer cuánto la quería, lo que para él significaba.
II
Ya no estaría solo a partir de aquel día.
Jamás olvidaría que pudo también acariciar el cabello de la
dama, y el recordatorio venturoso que guardó por algún tiempo
fue el suave perfume de su amada, que esparció por aquellos,
sus dominios, mientras su amor crecía.
Así fue como aquel viento visitó día con día a aquella mujer...
pero algo extraño pasaba. Mientras más la visitaba, mientras
más fuerza imprimía para lograr besar a la mujer, acariciarla
y brindarle su frescura, la mujer se alejaba más de él. Incluso
ese ser que tanto amaba llegó a esconderse en un
refugio para huir de sus embates amorosos.
El viento, entristecido, decidió calmar su ímpetu y averiguar
qué era lo que tanto aterraba a la mujer. Se acerco de nuevo,
sigilosamente, y escuchó hablar a su amada. No supo en aquel
momento a quién se dirigía la mujer que lo había cautivado,
pero cuentan que ese día llóvió, porque el viento derramó
toda su tristeza al saber, por boca de su dama, que éste le
producía un inmenso desazón, e incluso terror, conforme más
impetuosas eran sus demostraciones amorosas.
Así anduvo el viento por muchos años, hasta que un día, con
el alma tranquila, decidió visitar a esa mujer que tanto amó,
con la firme convicción de no interferir más en su vida, de
no amarla como lo había hecho, pues sabía que eso era un esfuerzo
inútil.
La encontró sentada en el portal de su hogar, con la mirada
puesta en el horizonte y el alma envuelta en un suspiro.
Decidió acercarse, con el corazón confundido por verla en
ese estado de ensoñación, y en un susurro de brisa preguntó:
- ¿Qué tienes? ¿Por qué estás tan pensativa?
- Sueño con un hombre que de tierras lejanas me ha hablado
de amor -, respondió la mujer.
- ¿Y tú lo amas de verdad? -, preguntó el viento, con el alma
atribulada por aquella confesión.
- Le amo tanto que por él estaría dispuesta a dar la vida
-, dijo la mujer embelesada en un suspiro.
El viento enloqueció de ira, y olvidando la promesa que él
mismo se había hecho, se convirtió en furioso tornado y azotó
regiones enteras, devastando todo cuanto se encontraba a su
paso.
La mujer tuvo más temor del viento desde aquel día, y siempre
que éste se presentaba corria y se arrojaba en las palabras
dulces de su amado, los únicos brazos que la recibían y confortaban.
Entonces, ya pasado cierto tiempo, el viento pensó: "He de
perdonar a la mujer. Mi furia seguirá existiendo, pero no
es justo que haga daño a quien tanto amé. Me presentaré de
nuevo y le concederé, como prueba de buena voluntad, un deseo
que dure para siempre."
Así lo hizo el viento, y ante su asombro y dolor, recibió
el deseo de la mujer:
- Viento, quiero que seas mi amigo y, como tal, vayas diariamente
y le lleves mi voz, mis caricias y mis besos al hombre que
amo. Eso es lo que te pido.
El viento, maldiciendo el momento en que se le ocurrió conceder
un deseo a aquella mujer, le dijo con dolor:
- Mujer hermosa y serena, yo te amo y te amaré por siempre.
Jamás de tu vida me alejaré, pero cumpliré con mi promesa.
Sólo una cosa te pido a cambio: que, a pesar de mis furias
y desplantes, no me tengas temor... al menos no como el que
hasta ayer manifestaste. Sé que no te puedo amar como yo quisiera,
pero por favor no me temas tanto. Jamás daño te haré.
La mujer entregó su amistad desde aquel día al viento, y a
pesar del temor enorme que le producía ver los enojos de su
amigo, siempre lo miró con nuevos ojos: los ojos del corazón
de una amiga verdadera, que mira cómo el amigo que una vez
la amó, desquita su impotencia sin llegar a dañarla.
III
El viento cumplió su misión por algún tiempo. Llevaba y traía
los mensajes amorosos de la dama y el hombre cuyo corazón
le había robado. Lo hacía con diligencia, y hasta en el momento
de transmitir los besos y caricias de su amada al hombre aquel,
el viento se comportaba como si ella misma lo besara y
acariciara.
Así fue hasta el día en que, cumpliendo su visita diaria,
el viento se topó con una mujer de ojos rojizos por el
llanto, el corazón detenido y la respiración entrecortada.
- ¿Qué pasa, mujer? ¿Por qué lloras así? -, preguntó el viento.
- Ha sido él, amigo mío, quien me ha arrancado el corazón.
- Vamos -, dijo el viento - ya han pasado por algunos pleitos
sin mayor importancia. ¿Dónde está tu valentía? ¿Dónde
tu coraje? ¿Dónde el amor que le tienes?
- Se ha terminado, amigo mío. Aquel que tanto amaba he dejado
de existir para mi.
Y el viento, con su furia inaudita a punto de estallar y la
decisión de ir y borrar de la faz de la tierra todo recuerdo
de aquel hombre, tuvo que detenerse ante el ruego de aquella
mujer, a quien había aprendido a respetar y querer como una
amiga. Escuchó la sentencia de sus labios, y no dejó de sentir
pena por aquel hombre, pues él sabía lo que significaba que
esa mujer tuviera miedo... miedo de él.
- Amigo mío, prométeme que ya no llevarás a aquel que fue
mi amado ni una brisa en mi nombre. Prométemelo, tú que sabes,
tú que me ves deshecha en llanto y que escuchas, a través
de tí mismo, los latidos apenas perceptibles de un corazón
destrozado.
- Así lo haré, querida amiga -, contestó el viento. - Prométeme
tú entonces que buscarás la felicidad donde siempre la has
tenido, tan cerca de tí. ¡Vamos! Arriba esa cara, y déjame
que seque, con una brisa de cariño, los últimos rastros de
llanto de esas mejillas tuyas, que fue de lo primero que me
enamoré.
La mujer se levantó, con mejor ánimo, y ofreció su cara al
viento. Éste sopló dulcemente una brisa tibia, casi imperceptible,
que no lastimó ni congeló las mejillas de su amiga, y se fue
feliz de haberla acariciado de esa forma, sabiendo que, si
bien su amor no sería nunca para él, sí lo serían los momentos
en que ella, por el motivo que fuere, le pidiera de nuevo
consuelo para su dolor, o refresco para el calor de verano.
IV
Cuentan que el hombre que arrancó el corazón a la mujer, jamás
volvió a recibir siquiera un soplo de aquel viento. Nunca
más un beso delicado, jamás una caricia como las que su amada
le enviaba volvió a sentir.
Hoy sólo le acompaña un viento seco, lleno de polvo o tierra,
que le produce una extraña ensoñación de los días venturosos
en que tuvo la dicha de compartir, con el viento, el amor
más dulce y sereno que jamás había sentido.

Nacido del recuerdo de un poema
escrito el 24 de marzo de 1997,
de una fotografía vista en febrero
del mismo año, y de la acción benéfica
del viento, cuando lleva en él un aroma
de café por las mañanas.
Fernando Acevedo Osorio
Derechos Reservados
|