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I
Cuentan que una estrella, perdida en el universo, había dejado
de brillar desde hacía mucho. El frío del espacio había cobrado
su precio.Sin combustible, se dedicó a vagar por el infinito,
en busca del calor perdido. A pesar de haberlo consumido casi
por completo, la luz que desprendía, de un azul triste, era
capaz de atravesar los corazones. Fue así que un día pasó
por un planeta, tan parecido a ella desde el espacio, que
decidió quedarse a pasar un tiempo en él. Se prometió no ver
jamás el rostro de ninguno de sus habitantes, y no mostrar
el suyo nunca. Lo único que haría sería elevar su tristeza
en un canto eterno, inmortalizado en papel.
II
Cuentan que un ave de rostro adusto vigilaba la vida desde
la montaña. Tenía fama de rapaz, depredadora, fría y sin corazón.
Cientos de polluelos habían aprendido el arte de la caza,
del buen decir, del volar alto y con elegancia, pero a pesar
de la inmensa labor, el ave estaba sola... prefería estarlo.
Hacía mucho tiempo había amado, había conocido las mieles
de una sonrisa, la sal del llanto del corazón. Por ello, había
jurado no amar más, pero el sabor amargo de sus nuevas lágrimas
la preocupaban de vez en cuando. Ella pensaba que era normal,
que debía habituarse.
III
Cuentan que un día, tanto la estrella azul como el ave adusta,
supieron de la existencia, en tierras lejanas, de un lugar
donde un hombre, aparentemente santo, se dedicaba a cuidar
un jardín hermoso, lleno de color y aromas atrayentes. Ambas
emprendieron un vuelo, cada una por su cuenta y en su propio
tiempo, para investigar.
IV
Al centro de un pequeño jardín, donde convivían el mar, la
risa, el llanto, el dolor, el amor y el desamor, la hermandad
y la tristeza, el pleito barato y la basura, todas ellas en
forma de flor, encontraron al hombre.
Éste se dedicaba a recibir a quien quisiera visitar su jardín,
explicándoles siempre las extremas bondades de las flores
bellas, y las bondades escondidas, medicinales y alucinantes
de las aparentemente feas.
Apenas escuchar las explicaciones de aquel hombre, ambas decidieron
quedarse durante un tiempo indefinido. Ante su mirada atónita,
el hombre les asignó un lugar en el jardín, las presentó con
las demás flores, y les preguntó si querían ser flor o deseaban
permanecer así.
El ave no contestó. Erizó sus plumas hermosas en señal de
negativa, y dijo al hombre que prefería callar y esperar.
La estrella, en cambio, sin una palabra, abrió sus brazos
y de ellos se comenzaron a derramar todas aquellas tristezas
que había acumulado durante eones.
El hombre, triste por ambas respuestas, se siguió dedicando
a cuidar cada planta de su jardín, dedicándole todo su amor
a cada una, fueran hermosas o aparentemente feas.
Sin embargo, el hombre volteaba de vez en cuando a mirar a
sus dos nuevas visitantes. Una seguía observando, con gesto
frío y mirada fija. La otra, continuaba desparramando sus
tristezas.
V
El hombre se dedicó a coleccionar cada uno de los gestos del
ave, y a recoger cada una de las tristezas del planeta. Un
día, el ave de pronto alzó el vuelo y se alejó rumbo al este,
volviendo al otro día, ante la mirada extrañada de todos los
habitantes del jardín, con un poema entre las garras.
Posándose en un árbol leyó, y un rayo de luz atravesó el corazón
del hombre. El poema, supo después, había sido compuesto para
el maestro y padre del ave. Era un canto de tristeza por no
tenerlo ya, pues el padre había muerto hacía tiempo, y el
ave había acudido, como siempre, al llamado de la tumba natural
de su siempre protector y guía padre.
El hombre pensó entonces:
"A pesar del rostro y de las garras afiladas, el ave es hermosa.
Su plumaje es brillante, su cabeza orgullosa... y al abrir
las alas, de gran envergadura, deja ver toda su magnificencia.
El ave es buena. El ave ama. Amo al ave."
En otra ocasión, poco después
de la llegada del planeta, éste arrojó entre sus tristezas
una especial. Era un mensaje donde el planeta anunciaba la
búsqueda de la felicidad, describía el perfil de los candidatos
y esperaba algún día encontrar quien atendiera a su llamado.
El hombre pensó entonces:
"La estrella es hermosa. Su tristeza alcanza mi alma, pero
no consigue enfriarla, a pesar de la escarcha. Sus tristezas
pueden sanar. Si me dejara... No soy quizá quien busca, pero
he de intentar darle algo de calor. Amo a la estrella, porque
la estrella no tiene amor que le ame. Yo la amaré, porque
el corazón me lo dicta así."
VI
Y así el hombre se dedicó a alimentar al ave. Siempre le dedicaba
su amor con el anhelo de hacer que el ave le regalara un poema
más. Sin embargo el ave, aunque complaciente con la aparente
necedad del hombre, apenas leía algún verso, apenas aventuraba
palabra que no fuera de vigilancia, de complacencia o de contrariedad.
La estrella era diferente en cuanto a su forma de actuar.
A veces parecía acercarse al hombre, brillar un poco más,
dejar de producir escarcha... pero las pocas veces que algún
adelanto se lograba, el hombre entonces era requerido por
alguna de las plantas que había dejado abandonada, y que sin
hablar, el hombre entendía que debía el cuidado a todas, y
sobre todo, la atención y el amor total a aquellas que habían
llegado al jardín antes que el ave y la estrella.
Entonces la estrella se retiraba,
cada vez más apagada, tiritando de frío, y pocas veces abandonó
el jardín. En las ocasiones que lo hizo, el hombre intentó
siempre por todos los medios convencerla de que, si ella,
el jardín no sería lo mismo.
Muchas veces el hombre logró su objetivo él solo, pero las
últimas veces, sin que el hombre lo supiera, algunas de las
flores del jardín, que veían el sufrir de la estrella, le
cantaban y la arrullaban, pidiéndole que regresara.
La estrella, sea por el hombre o por las flores, siempre regresó.
VII
Un día, el ave dio al hombre una probada de su enorme corazón,
y el hombre quedó tan prendado, que comenzó a intentar aprender
a volar. El ave, siempre cariñosa pero sin abandonar del todo
su dureza, dio al hombre las primeras lecciones, y la más
importante fue:
"Tú no eres ave, eres hombre.
Sin embargo, podrás volar algún día, siempre y cuando tus
objetivos en el firmamento sean claros, tus destinos sean
precisos. Volar por volar e ir de nido en nido es peligroso.
Hay cazadores que pueden dañarte, y puedes encontrar nidos
que no puedas llenar, o que estén vacíos."
Fue así como entre ave y hombre se fue creando un vínculo
de amor difícil, si no imposible, de romper.
VIII
Un día, el hombre, que se
había pinchado el dedo hasta sangrar con una espina de una
de las flores más bellas del jardín, sintió un dolor inmenso
que le recorría el brazo y le congelaba el corazón.
Al sentir tal frío, acudió a la estrella y le pidió calmara
la sensación de nieve dentro de su pecho.
El sabía que la estrella había sido descuidada muchas veces,
y sabía que esta vez sería más difícil lograr una comunicación
con ella. La estrella, sin embargo, miró al hombre con ojos
piadosos, y le abrió de nuevo su corazón.
IX
Ambos iniciaron una comunicación cada vez más bella. El hombre,
que ya había aprendido a volar un poco, sintió la necesidad
de saber de dónde venía la estrella, y la estrella señaló
al sur.
"Allí está mi casa terrena", dijo. "En ella siempre encontrarás
a una amiga."
"Pero yo quiero amarte", decía el hombre, cuyo corazón estaba
ahora tibio y confortable. "Déjame que intente detener tu
eterno penar por los fríos rincones del espacio."
Mas la estrella, como única repuesta, emprendió el vuelo hacia
el sur, no sin antes decir al hombre:
"Si realmente lo deseas, algún día llegarás a mi hogar, donde
tres pequeños luceros comparten mi existencia. Tanto ellos
como yo te esperamos. Sé feliz."
Y se alejó sin decir más.
X
El hombre decidió aprender a volar mejor, para poder llegar
al hogar de la estrella. Acudió con el ave por ayuda.
Sin embargo, el ave le dijo, con inmenso cariño:
"Te he enseñado cuanto
un hombre como tú puede aprender. Vuela si gustas, sólo el
corazón puede guiarte ahora. Ve, hijo mío, y encuentra a tu
estrella, sea cual sea, pero sé feliz. Yo, no puedo hacer
más que mirarte partir."
XI
Cuenta entonces la leyenda que el hombre inició al fin, un
día de diciembre, el vuelo hacia el hogar de la estrella azul.
Hasta ahora, nadie sabe si logró llegar o no, si la estrella
pudo al fin recuperar su combustible, si los tres luceros
brillan en su firmamento o no.
Lo que cuentan unos pocos testigos, es que mientras el hombre
emprendía el vuelo, un ave enorme y hermosa lo acompañaba
en la distancia, vigilándolo de cuando en cuando, y advirtiéndole
de los cazadores.
Fernando Acevedo Osorio
10-11/diciembre/1997
Derechos Reservados
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