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¿Existe el Almamula?.
Tal vez, como nunca tuvimos
que pasar por el terror de encontrarnos con ella, nos inclinemos
a negar su existencia por irrazonable. Decimos que es un cuento,
una leyenda popular, un mito folclórico. La admitimos en el
terreno de la fantasía, de la imaginación. Pero al mismo tiempo
intuimos que nada viene de la nada. Así es que vamos a tomarnos
el atrevimiento de comenzar a rastrear en la leyenda, y a
relacionar entre sí todo lo que veamos en ella. No gastaremos
el espacio en discutir ni en averiguar si los datos que nos
supimos administrar son falsos o contradictorios; aceptaremos
todo, hasta una fugaz visión desde el ocultismo
I
Plinio el Viejo, en su "Historia natural" refiere lo siguiente:
"Cuentan los habitantes de Arcadia, que un miembro de la familia
de un tal Anto, designado por la suerte, es conducido hasta
una laguna y que, después de colgar sus ropas, la cruza a
nado, llega hasta un lugar desierto, se transforma en lobo
y vive mezclado con estos animales durante años, alejado de
los hombres. Luego regresa al mismo lugar, recupera la forma
humana y vuelve a tomar sus ropas". Hay cierto paralelismo
entre lo que cuenta Plinio y la leyenda de nuestro Lobizón.
Existe una transformación zoomórfica debido a la fatalidad
(ser ¡njustamente! el séptimo hijo varón). Pero en el caso
que nos ocupa la transformación de la mujer es el resultado
de una maldición por la terrible culpa moral de acostarse
con su padre, hermano, hijo o un clérigo. Y aquí nos detenemos
a preguntarnos: ¿el Almamula existía en las culturas precolombinas?.
No encontramos noticias al
respecto, sólo de grandes hechiceros y brujos que se convertían
en cerdos y perros, pero a voluntad, según Fray Juan Torquemada
en su "Monarquía Indiana". Consultamos entre los cronistas
de la época, y el padre Paucké también se pregunta: "¿Los
indios se casan entre su parentela?.
Unicamente en Perú, la clase
gobernante, el Inca, para mantener la aristocracia. Los otros,
aunque no observan la ley de Dios, ni saben de ella, la ley
de la naturaleza les está impregnada, en virtud de la cual
ellos precaven y eluden lo que es contrario a ella"... "Jamás
ejercité el matrimonio entre consanguíneos, aunque tenía dispensa
del Papa, yo mismo veía que aborrecían unirse con parientes,
aún en grado lejano, por lo cual yo jamás tuve en peligro
de errar en esto; cuando dos se querían casar yo estaba seguro
que no eran consanguíneos...". Ya en la zona que después sería
la República Argentina, Lefone Quevedo (citando a Dobrizhoffer),
dice de los diaguitas, tobas y matacos: "Ojalá los cristianos
imitasen su honestidad, su tolerancia. Son castos en todo
y entre ellos el adulterio, la fornicación promiscua, el incesto,
son desconocidos..." También el padre Lozano da su palabra
autorizada, cuando nos dice de los diaguitas que "no conocían
el pecado de sodomía, bestialidad e incesto".
De manera que, siguiendo
a Don Ricardo Rojas, nos inclinamos a creer que se trata de
una leyenda de hechura colonial, que nació en las comunidades
españolas asentadas en nuestro suelo, para luego difundirse
rápidamente entre las supersticiosas comunidades aborígenes.
Es significativo el hecho de que pudiese convertirse en Mul'Anima
aquella desprevenida que se amancebara con un cura. Y no es
raro que esto sucediera si nos ponemos a pensar que durante
la Edad Media (y en los siglos posteriores, hasta la Reforma),
la corrupción del clero era un secreto a voces. No sólo en
el aspecto sexual (prueba de ello es el "Traitée de polygamie
sacrée" que circulaba en el siglo XVII), sino también político.
Recordamos al que pasara
a la historia con el título de Alejandro VI, y que no fue
otro que Rodrigo Borgia, padre de César Borgia, a quien le
faltó muy poco para tener bajo su puño a la Italia de la época;
y de la no menos popular Lucrecia (que en nuestro estudio
devendría en la primer Almamula famosa). La muy católica España
no pudo estar exenta de ese desliz secular, como lo recuerda
Sancho: "Al fraile no le hagas cama, ni le des a tu mujer
por ama..." Y si los preceptos religiosos y morales eran transgredidos
desde la cúpula clerical hasta sus miembros menores, allí,
en la Europa civilizada, ¿cómo se mantendrían castos en el
nuevo continente, bárbaro, salvaje y para colmo con bellas
indias que se paseaban casi desnudas...?.
Sería razonable pensar que
la leyenda haya nacido para apaciguar las pasiones descontroladas,
llevando a ser víctimas de la maldición a la mujer, quien
es, en última instancia, la que cedía, la que voluntariamente
acepta cometer lo moralmente prohibido.
II
El mito dice que la renegada
se convierte en mula. Un animal híbrido, cruza del burro con
la yegua, de increíble fuerza y resistencia, pero estéril,
yerma, imposibilitada de procrear. Termina y comienza en sí
misma. Sin horizontes, esperanzas ni fronteras, como el amor
que hace posible la existencia de la leyenda. Porque, al fin
de cuentas, el Almamula es el resultado de un amor. Malo,
perverso, injustificado, pero ¡cuántas otras cosas también
se hacen por amor!.
Porque ¿qué se ha querido,
qué se quiere decir cuando se conjuga el verbo amar? Los hombres
-por ejemplo-, no sólo se han odiado en nombre del amor; han
celado, mentido, injuriado, herido, azotado, avasallado, desflorado,
conquistado, seducido, fornicado, guardado bajo llave y cinturón
de castidad, realizado sacrificios insoportables y enrostrado
dichos sacrificios, aguantado, robado, llegado a la traición,
hecho ruin y pecador, negado el pan a la vieja... etc.
El mito santiagueño sirve
para reprimir, contener, moderar, refrenar y templar a la
mujer, para que no viva "amores prohibidos", ya sean sacrílegos
o incestuosos. La conciencia de la sociedad teme las pasiones
desenfrenadas y tal vez la función de los mitos sea el fortalecimiento
de una sana conciencia. Son, como dice Jung "los diques y
muros levantados contra los peligros de lo inconsciente".
Si se transgrede la ley moral
el castigo -según la leyenda- es la mutación temporaria en
un animal. El tema mítico es universal. Es muy común en todas
las mitologías y en todos los tiempos, la transformación desde
dragón hasta mula, pasando por lobo, perro, etc. Jung admite
que el animal, en el mito, simboliza siempre la libido instintiva.
Significa una regresión hacia formas inferiores vivas, con
el "ello" freudiano. La mujer desciende de su conciencia espiritual
a su "ello" inconsciente, peligroso, en forma de un animal
que echa fuego por sus fauces (como gráfico símbolo de la
sexualidad).
El Almamula es autóctona,
netamente santiagueña. En otros lugares de América, a la misma
falta, se la hacen pagar a los hijos: los retoños de uniones
consanguíneas nacen con forma de iguanas o con órganos animales,
por ejemplo una cola de cerdo, según la mayoría de las creencias
populares caribeñas.
III
El proceso de transformación
de la mujer se realiza en dos dias mágicos: el martes y el
viernes. Y siempre en horas de la noche, en la oscuridad del
centro del monte, y bajo la tutela del viento. El espanto
llega "en la punta del viento".
Es una mulita alada, de color
blanco (y aquí la contradicción: ¿por qué blanca, si ese es
el color de la pureza, y ella es una pecadora?); no tiene
pies ni parte trasera; grita, llora y gime. Siguiendo a Jung
nos enteramos de que en las visiones primordiales antiguas
y en las alquimistas posteriores, como la de Zózimo, son comunes
las figuras de cuerpo transparente con vestiduras blancas.
Para Jung, el blanco más que color de pureza es un símbolo
"espiritual". Es decir que su poseedor no es un ser material,
de carne y hueso, sino un espíritu.
Nuestra aparición tiene alas.
Con ello, suponemos que el mito quiere representar lo incorpóreo
del espíritu, como lo es el ángel para las religiones, y el
Mercurius, la sustancia "volatile", el pneuma (sin cuerpo)
para la alquimia. Ella -según la creencia santiagueña-, sabe
cuando alguien está cerca. Y grita más desesperada y horriblemente
para ahuyentarlo. Entonces no sería un eufemismo decir que
tiene cabeza. Aún presa de su instintividad, tiene conciencia.
El "arcano áureo" que representa al sol; es el oro para los
alquimistas que quieren el "secreto" de la inmortalidad, de
la piedra filosofal. Y es por eso que, en el instante del
sacrificio es la cabeza la que debe ser cortada.
En
esto último nos arriesgamos a ver vestigios de arcaicos rituales
de iniciación. El sacerdote -en los ritos eleusianos- desflora
a la doncella, desgarrándola, para hacerla fecunda. Frazer
indica que "hay también cortes en la cabeza en el dios Mani,
fundador de una religión y de Marsyas, que es despellejado
y colgado". Y prácticas similares aparecen también entre los
aztecas, escitas, chinos y patagones. Y en la visión de Zózimo,
el despedazamiento se limita a la cabeza. La Dra. Castro se
inclina a creer que puede significar una toma del principio
vital, o del alma. Sea como fuere, ella -mientras no es "condenada"-
asume el castigo, o mejor, su salvación, bajo el rito del
corte en la cabeza, en la frente o en las orejas, y en ese
derramamiento de sangre se purifica, se libra de la culpa,
dice la leyenda. Pero el corte no debe ser hecho por cualquiera.
Ha de ser un hombre. Un hombre valiente. Y su instrumento
ha de "tener cruz''. Ha de valerse de una arma mágica, como
en todas las historias de la mitología universal: la espada
Excalibur, balas de plata, una cruz, aunque más no sea la
que forma la empuñadura y el cabo del puñal. Todo ayuda a
poner más dramatismo al rito. Nada debe olvidarse: se está
jugando la vida de ambos, fantasma y salvador. El Almamula
"condenada" pelea. Escupe fuego, arrastra gruesas cadenas.
En ella el dragón del Karma es más poderoso. Ya no es la sumisa
mulita alada que baja la cabeza para la corten. Esta es mala
y pelea. En todas las religiones o ceremonias antiguas, siempre
se da el caso de las grandes batallas entre la naturaleza
inferior o carnal y la naturaleza superior, o espiritual.
De ella siempre debe resultar la muerte de la naturaleza inferior.
Como resultado del eterno conflicto se eleva -siempre- la
naturaleza más alta, para luego poder unirse con el espíritu
de luz.
Este es el misterio de la
crucifixión y el significado recóndito del tercer grado del
rito masónico. Y punto. Nos detenemos aquí, porque sentimos
que hemos vuelto al pie del gran árbol narrativo, donde las
historias pueden ir hacia... cualquier parte, conformando
un gran misterio que arranca más allá del tiempo y de la historia,
más allá del mito, de la magia y de la religión.
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