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Cuéntase que en
esos días regía los destinos de la Nueva España don
Luis de Velasco I, que vino a reemplazar al virrey
don Antonio de Mendoza enviado al Perú con el mismo
cargo. Por esa misma fecha vivían en una amplia y
bien fabricada casona don Gonzalo Espinosa de Guevara
con su hija Beatriz, ambos españoles llegados de la
Villa de Illescas, trayendo gran fortuna que el caballero
hispano acrecentó aquí con negocios, minas y encomiendas.
Y dícese en viejas crónicas desleídas por los siglos,
que si grande era la riqueza de don Gonzalo, mucho
mayor era la hermosura de su hija. Veinte años de
edad, cuerpo de graciosas formas, ojos glaucos, rostro
hermoso y de una blancura de azucena, enmarcado en
abundante y sedosa cabellera bruna que le caía por
los hombros y formaba una cascada hasta la espalda
de fina curvadura.
Asegurábase en ese entonces que su grandiosa hermosura
corría pareja con su alma toda bondad y toda dulzura,
pues gustaba de amparar a los enfermos, curar a los
apestados y socorrer a los humildes por los cuales
llegó a despojarse de sus valiosas joyas en plena
calle, para dejarlas en esas manos temblorosas y cloróticas.
Con todas estas cualidades, de belleza, alma generosa
y noble cuna a lo cual se sumaba la inmensa fortuna
de su padre, lógico es pensar que no le faltaron galanes
que comenzaron a requerirla en amores para posteriormente
solicitarla como esposa. Muchos caballeros y nobles
galanes desfilaron ante la casa de doña Beatríz, sin
que esta aceptara a ninguno de ellos, por más que
todos ellos eran buenos partidos para efectuar un
ventajoso matrimonio.
Por fin llegó aquel caballero a quien el destino le
había deparado como esposo, en la persona de don Martín
de Scópoli, Marqués de Piamonte y Franteschelo, apuesto
caballero italiano que se prendó de inmediato de la
hispana y comenzó a amarla no con tiento y discreción,
sino con abierta locura.
Y fue tal el enamoramiento del marqués de Piamonte,
que plantado en mitad de la calleja en donde estaba
la casa de doña Beatríz o cerca del convento de Jesús
María, se oponía al paso de cualquier caballero que
tratara de transitar cerca de la casa de su amada.
Por este motivo no faltaron altivos caballeros que
contestaron con hombría la impertinencia del italiano,
saliendo a relucir las espadas. Muchas veces bajo
la luz de la luna y frente al balcón de doña Beatriz,
se cruzaron los aceros del Marqués de Piamonte y los
demás enamorados, habiendo resultado vencedor el italiano.
Al amanecer, cuando pasaba la ronda por esa calle,
siempre hallaba a un caballero muerto, herido o agonizante
a causa de las heridas que produjera la hoja toledana
del señor de Piamonte. Así, uno tras otro iban cayendo
los posibles esposos de la hermosa dama de la Villa
de Illescas.
Doña Beatriz, que amaba ya intensamente a don Martín,
por su presencia y galanura, por las frases ardientes
de amor que le había dirigido y las esquelas respetuosas
que le hizo llegar por manos y conducto de su ama,
supo lo de tanta sangre corrida por su culpa y se
llenó de pena y de angustia y de dolor por los hombres
muertos y por la conducta celosa que observaba el
de Piamonte.
Una noche, después de rezar ante la imagen de Santa
Lucía, vírgen mártir que se sacó los ojos, tomó una
terrible decisión tendiente a lograr que don Martín
de Scúpoli marqués de Piamonte y Franteschelo dejara
de amarla para siempre.
Al dia siguiente, después de arreglar ciertos asuntos
que no quiso dejar pendientes, como su ayuda a los
pobres y medicinas y alimentos que debían entregarse
periódicamente a los pobres y conventos, despidió
a toda la servidumbre, después de ver que su padre
salía con rumbo a la Casa del Factor.
LLevó hasta su alcoba un brasero, colocó carbón y
le puso fuego. Las brasas pronto reverberaron en la
estancia, el calor en el anafre se hizo intenso y
entonces, sin dejar de invocar a Santa Lucía y pronunciando
entre lloros el nombre de don Martín, se puso de rodillas
y clavó con decisión, su hermoso rostro sobre el brasero.
Crepitaron las brasas, un olor a carne quemada se
esparció por la alcoba antes olorosa a jazmín y almendras
y después de unos minutos, doña Beatriz pegó un grito
espantoso y cayó desmayada junto al anafre.
Quiso Dios y la suerte que acertara a pasar por allí
el fraile mercedario Fray Marcos de Jesús y Gracia,
quien por ser confesor de doña Beatriz entró corriendo
a la casona después de escuchar el grito tan agudo
y doloroso.
Encontró a doña Beatriz aún en el piso, la levantó
con gran cuidado y quiso colocarle hierbas y vinagre
sobre el rostro quemado, al mismo tiempo que le preguntaba
qué le había ocurrido.
Y doña Beatriz que no mentía y menos a Fray Marcos
de Jesús y Gracia que era su confesor, le explicó
los motivos que tuvo para llevar al cabo tan horrendo
castigo. Terminando por decirle al mercedario que
esperaba que ya con el rostro horrible, don Martín
el de Piamonte no la celaría, dejar&iacuta; de
amarla y los duelos en la calleja terminarían para
siempre.
El religioso fue en busca de don Martín y le explicó
lo sucedido, esperando también que la reacción del
italiano fuera en el sentido en que doña Beatriz había
pensado, pero no fue así. El caballero italiano se
fue de prisa a la casa de doña Beatriz su amada, a
quien halló sentada en un sillón sobre un cojín de
terciopelo carmesí, su rostro cubierto con un velo
negro que ya estaba manchado de sangre y carne negra.
Con sumo cuidado le descubrió el rostro a su amada
y al hacerlo no retrocedió horrorizado, se quedó atónito,
apenado, mirando la cara hermosa y blanca de doña
Beatriz, horriblemente quemada. Bajo sus antes arqueadas
y pobladas cejas, había dos agujeros con los párpados
chamuscados, sus mejillas sonrosadas, eran cráteres
abiertos por donde escurría sanguaza y los labios
antes bellos, carnosos, dignos de un beso apasionado,
eran una rendija que formaban una mueca horrible.
Con este sacrificio, doña Beatriz pensó que don Martín
iba a rechazarla, a despreciarla como esposa, pero
no fue así. El marqués de Piamonte se arrodilló ante
ella y le dijo con frases en las que campeaba la ternura:
-Ah, doña Beatriz, yo os amo no por vuestra belleza
física, sino por vuestras cualidades morales, sóis
buena y generosa, sóis noble y vuestra alma es grande.
El llanto cortó estas palabras y ambos lloraron de
amor y de ternura.
-En cuanto regrese vuestro padre, os pediré para esposa,
si es que vos me amáis. Terminó diciendo el caballero.
La boda de doña Beatriz y el marqués de Piamonte se
celebró en el templo de La Profesa y fue el acontecimiento
más sensacional de aquellos tiempos. Don Gonzalo de
Espinosa y Guevara gastó gran fortuna en los festejos
y por su parte el marqués de Piamonte regaló a la
novia vestidos, alhajas y mobiliario traídos desde
Italia.
Claro está que doña Beatriz al llegar ante el altar
se cubría el rostro con un tupido velo blanco, para
evitar la insana curiosidad de la gente y cada vez
que salía a la calle, sola al cercano templo a escuchar
misa o acompañada del esposo, lo hacía con el rostro
cubierto por un velo negro.
A partir de entonces, la calle se llamó Calle de la
Quemada, en memoria de este acontecimiento que ya
en cuento o en leyenda, han repetido varios autores,
siendo estos datos los auténticos y que obran en polvosos
documentos.
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