Jean
de la Fontaine
1621-1695
Dos amigos
En el mundo en que vivimos la verdadera amistad no
es frecuente.
Muchas personas egoístas olvidan que la felicidad
está en el amor desinteresado que brindamos a los
demás.
Esta historia se refiere a dos amigos verdaderos.
Todo lo que era de uno era también del otro; se apreciaban,
se respetaban y vivían en perfecta armonía.
Una noche, uno de los amigos despertó sobresaltado.
Saltó de la cama, se vistió apresuradamente y se dirigió
a la casa del otro.
Al llegar, golpeó ruidosamente y todos se despertaron.
Los criados le abrieron la puerta, asustados, y él
entró en la residencia.
El dueño de la casa, que lo esperaba con una bolsa
de dinero en una mano y su espada en la otra, le dijo:
-Amigo mío: sé que no eres hombre de salir corriendo
en plena noche sin ningún motivo. Si viniste a mi
casa es porque algo grave te sucede. Si perdiste dinero
en el juego, aquí tienes, tómalo...
...Y si tuviste un altercado y necesitas ayuda para
enfrentar a los que te persiguen, juntos pelearemos.
Ya sabes que puedes contar conmigo para todo.
El visitante respondió:
-Mucho agradezco tus generosos ofrecimientos, pero
no estoy aquí por ninguno de esos motivos...
...Estaba durmiendo tranquilamente cuando soñé que
estabas intranquilo y triste, que la angustia te dominaba
y que me necesitabas a tu lado...
...La pesadilla me preocupó y por eso vine a tu casa
a estas horas. No podía estar seguro de que te encontrabas
bien y tuve que comprobarlo por mí mismo.
Así actúa un verdadero amigo. No espera que su compañero
acuda a él sino que, cuando supone que algo le sucede,
corre a ofrecerle su ayuda.
La amistad es eso: estar atento a las necesidades
del otro y tratar de ayudar a solucionarlas, ser leal
y generoso y compartir no sólo las alegrías sino también
los pesares.
El
gato y los ratones
Un gato, llamado Rodilardo,
causaba entre las ratas tal estrago
y las diezmaba de tal manera
que no osaban moverse de su cueva.
Así, con tal penuria iban viviendo
que a nuestro gato, el gran Rodilardo,
no por tal lo tenían, sino por diablo.
Sucedió que un buen día en que Rodilardo
por los tejados buscaba esposa,
y mientras se entretenía con tales cosas,
reuniéronse las ratas, deliberando
qué remedio tendrían sus descalabros.
Habló así la más vieja e inteligente:
-Nuestra desgracia tiene un remedio:
¡atémosle al gato un cascabel al cuello!
Podremos prevenirnos cuando se acerque,
poniéndonos a salvo antes que llegue.
Cada cual aplaudió entusiasmada;
esa era la solución ¡estaba clara!
Mas poco a poco reaccionaron las ratas,
pues ¿cuál iba a ser tan timorata?
¡Quién iba a atarle el cascabel al gato!
Así he visto suceder más de una vez
-y no hablo ya de ratas, sino de humanos-:
¿a quién no lo han golpeado los desengaños?
Tras deliberaciones, bellas palabras,
grandes ideas... y, en limpio, nada.
La
mochila
Cuentan que Júpiter, antiguo dios de los romanos,
convocó un día a todos los animales de la tierra.
Cuando se presentaron les preguntó, uno por uno, si
creían tener algún defecto. De ser así, él prometía
mejorarlos hasta dejarlos satisfechos.
-¿Qué dices tú, la mona? -preguntó.
-¿Me habla a mí? -saltó la mona-. ¿Yo, defectos? Me
miré en el espejo y me vi espléndida. En cambio el
oso, ¿se fijó? ¡No tiene cintura!
-Que hable el oso -pidió Júpiter.
-Aquí estoy -dijo el oso- con este cuerpo perfecto
que me dio la naturaleza. ¡Suerte no ser una mole
como el elefante!
-Que se presente el elefante...
-Francamente, señor -dijo aquél-, no tengo de qué
quejarme, aunque no todos puedan decir lo mismo. Ahí
lo tiene al avestruz, con esas orejitas ridículas...
-Que pase el avestruz.
-Por mí no se moleste -dijo el ave-. ¡Soy tan proporcionado!
En cambio la jirafa, con ese cuello...
Júpiter hizo pasar a la jirafa quien, a su vez, dijo
que los dioses habían sido generosos con ella.
-Gracias a mi altura veo los paisajes de la tierra
y el cielo, no como la tortuga que sólo ve los cascotes.
La tortuga, por su parte, dijo tener un físico excepcional.
-Mi caparazón es un refugio ideal. Cuando pienso en
la víbora, que tiene que vivir a la intemperie...
-Que pase la víbora -dijo Júpiter algo fatigado.
Llegó arrastrándose y habló con lengua viperina:
-Por suerte soy lisita, no como el sapo que está lleno
de verrugas.
-¡Basta! -exclamó Júpiter-. Sólo falta que un animal
ciego como el topo critique los ojos del águila.
-Precisamente -empezó el topo-, quería decir dos palabras:
el águila tiene buena vista pero, ¿no es horrible
su cogote pelado?
-¡Esto es el colmo! -dijo Júpiter, dando por terminada
la reunión-. Todos se creen perfectos y piensan que
los que deben cambiar son los otros.
Tenemos ojos para los defectos ajenos y llevamos los
propios bien ocultos, en una mochila, a la espalda.
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