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La
gallina y los huevos de oro
Tenía cierto hombre una gallina que cada día ponía
un huevo de oro, y creyendo encontrar en las entrañas
de la gallina una gran masa de oro, la mató; mas al
abrirla vió que por dentro era igual a las demás gallinas;
de modo que impaciente por conseguir de una vez gran
cantidad de riqueza, se privó el mismo sin fruto de
las abundantes que la gallina le daba.
La
alondra
Una alondra que había caído en un lazo se lamentaba
así: ¡Ay! de mí, infeliz avecilla, no he tomado ni
oro ni plata ni cosa alguna preciosa, solamente un
grano de trigo me ha traído a la muerte.
El
avariento
Cierto hombre ávaro vendió cuanto poseía y convirtió
su precio en oro, el cual enterró en un lugar oculto;
y teniendo todo su ánimo y su pensamiento puesto puesto
en el tesoro, iba diariamente a visitarlo, lo que
observado por otro hombre fue a aquel sitio, desenterró
el oro y se lo llevó. Cuando el ávaro vino según costumbre
a visitar su tesoro, vió desenvuelta la tierra, y
que lo habían robado, se puso a llorar y a arrancarse
los cabellos. Uno que pasaba viendo los extremos que
hacía aquel hombre, se llegó a él, y después de informarse
de la causa de su dolor, le dijo: ¿Por qué te entristeces
tanto por haber perdído un oro que tenías como si
no lo poseyeras? Toma una piedra y entiérrala, figurandote
que es oro, una vez que tanto te servirá ella como
te servía ese oro que nunca hacías uso.
La
zorra que nunca había visto un león
Había una zorra que nunca había visto un león. La
puso el destino un día delante de la real fiera. Y
como era la primera vez que le veía, sintió un miedo
espantoso y se alejó tan rápído como pudo.
Al encontrar al león por segunda vez, aún sintió miedo,
pero menos que antes, y lo observó con calma por un
rato.
En fin, al verlo por tercera vez, se envalentonó lo
suficiente hasta llegar a acercarse a él para entablar
conversación.
En la medida que vayas conociendo algo, así le irás
perdiendo el temor. Pero mantén siempre la distancia
y prudencia adecuada.
El
león, la zorra y el lobo
Cansado y viejo el rey león, se quedó enfermo en su
cueva, y los demás animales, excepto la zorra, lo
fueron a visitar. Aprovechando la ocasión de la visita,
acusó el lobo a la zorra expresando lo siguiente:
- Ella no tiene por nuestra alteza ningún respeto,
y por eso ni siquiera se ha acercado a saludar o preguntar
por su salud.
En ese preciso instante llegó la zorra, justo a tiempo
para oír lo dicho por el lobo. Entonces el león, furioso
al verla, lanzó un feroz grito contra la zorra; pero
ella, pidió la palabra para justificarse, y dijo:
- Dime, de entre todas las visitas que aquí tenéis,
¿ quién te ha dado tan especial servicio como el que
he hecho yo, que busqué por todas partes médicos que
con su sabiduría te recetaran un remedio ideal para
curarte, encontrándolo por fin ?
- ¿ Y cuál es ese remedio ?, dímelo inmediatamente.
- ordenó el león.
- Debes sacrificar a un lobo y ponerte su piel como
abrigo - respondió la zorra.
Inmediatamente el lobo fue condenado a muerte, y la
zorra, riéndose exclamó:
- Al patrón no hay que llevarlo hacia el rencor, sino
hacia la benevolencia.
Quien tiende trampas para los inocentes, es el primero
en caer en ellas.
El
lobo orgulloso de su sombra y el león
Vagaba cierto día un lobo por lugares solitarios,
a la hora en que el sol se ponía en el horizonte.
Y viendo su sombra bellamente alargada exclamó:
- ¿ Cómo me va a
asustar el león con semejante talla que tengo ? ¡
Con treinta metros de largo, bien fácil me será convertirme
en rey de los animales !
Y mientras soñaba con su orgullo, un poderoso león
le cayó encima y empezó a devorarlo. Entonces el lobo,
cambiando de opinión se dijo:
- La presunción es causa de mi desgracia.
Los
lobos reconciliándose con los perros
LLamaron los lobos
a los perros y les dijeron:
- Oigan, siendo ustedes y nosotros tan semejantes,
¿ por qué no nos entendemos como hermanos, en vez
de pelearnos ? Lo único que tenemos diferente es cómo
vivimos. Nosotros somos libres; en cambio ustedes
sumisos y sometidos en todo a los hombres: aguantan
sus golpes, soportan los collares y les guardan los
rebaños. Cuando sus amos comen, a ustedes sólo les
dejan los huesos. Les proponemos lo siguiente: dennos
los rebaños y los pondremos en común para hartarnos.
Creyeron los perros las palabras de los lobos traicionando
a sus amos, y los lobos, ingresando en los corrales,
lo primero que hicieron fue matar a los perros.
El
enfermo y su doctor
Habiéndole preguntado
un médico a un enfermo por su estado, contestó el
enfermo que había sudado más que de costumbre.
-Eso va bien dijo el médico.
Interrogado una segunda vez sobre su salud, contestó
el enfermo que temblaba y sentía fuertes escalofrios.
-Eso va bien -dijo
el médico.
Vino a verle el médico
por tercera vez y le preguntó por su enfermedad. Contestó
el enfermo que había tenido diarrea.
-Eso va bien -dijo el médico, y se marchó.
Vino un pariente a ver al enfermo y le preguntó que
cómo iba.
-Me muero -contesto- a fuerza de ir bien.
El médico ignorante
Un médico ignorante
trataba a un enfermo; los demás médicos habían asegurado
que, aunque no estaba en peligro, su mal sería de
larga duración; únicamente el médico ignorante le
dijo que tomara todas sus disposiciones porque no
pasaría del día siguiente.
Al cabo de algún tiempo, el enfermo se levantó y salió,
pálido y caminando con dificultad. Nuestro médico
le encontró y le dijo:
-¿Cómo están, amigos, los habitantes del infiemo?
- Tranquilos - contestó -, porque han bebido el agua
del Lecteo. Pero últimamente Hades y la Muerte proferían
terribles amenazas contra los médicos porque no dejan
morir a los enfermos, y a todos los apuntaban en su
libro. Iban a apuntarte a tí también, pero yo me arrojé
a sus pies jurándoles que no eras un verdadero médico
y diciendo que te habían acusado sin motivo.
Diógenes
de viaje
Yendo de viaje,
Diógenes el cínico llegó a la orilla de un río torrencial
y se detuvo perplejo. Un hombre acostumbrado a hacer
pasar a la gente el río, viéndole indeciso, se acerco
a Diógenes, lo subió sobre sus hombros y lo pasó complaciente
a la otra orilla.
Quedó allí Diógenes, reprochándose su pobreza que
le impedía pagar a su bienhechor. Y estando pensando
en ello advirtió que el hombre, viendo a otro viajero
que tampoco podía pasar el río, fue a buscarlo y lo
transportó igualmente. Entonces Diógenes se acercó
al hombre y le dijo:
-No tengo que agradecerte ya tu servicio, pues veo
que no lo haces por razonamiento, sino por manía.
Diógenes
y el calvo
Diógenes, el filósofo
cínico, insultado por un hombre que era calvo, replicó:
-¡Los dioses me libren de responderte con insultos!
¡Al contrario, alabo los cabellos que han abandonado
ese cráneo pelado!
El
pastor mentiroso
Un pastor que apacentaba
sus ovejas en una montaña, pedía muchas veces socorro
a los labradores que trabajaban en los campos vecinos,
gritando que venía el lobo: acudiendo estos a su socorro
nada encontraban, y se volvían a su trabajo. Habiendo
el pastor repetido esto varias veces, y conociendo
los labradores la burla, vino un día el lobo efectivamente
y entro en su rebaño. Entonces el pastor pidió socorro
con grandes gritos, pero los labradores, pensando
que se burlaba, no fueron a socorrerlo, y así el lobo
mató muchas ovejas.
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