Fábulas
Augusto Monterroso
El
espejo que no podía dormir
Había una vez un espejo de mano que
cuando se quedaba solo y nadie se veía en él se sentía
de lo peor, como que no existía, y quizá tenía razón;
pero los otros espejos se burlaban de él, y cuando
por las noches los guardaban en el mismo cajón del
tocador dormían a pierna suelta satisfechos, ajenos
a la preocupación del neurótico.
El
paraíso imperfecto
Es cierto dijo mecánicamente el hombre, sin quitar
la vista de las llamas que ardían en la chimenea aquella
noche de invierno; en el Paraíso hay amigos, música,
algunos libros; lo único malo de irse al Cielo es
que allí el cielo no se ve.
El
fabulista y sus críticos
En la Selva vivía hace mucho tiempo un Fabulista cuyos
criticados se reunieron un día y lo visitaron para
quejarse de él (fingiendo alegremente que no hablaban
por ellos sino por otros), sobre la base de que sus
críticas no nacían de la buena intención sino del
odio.
Como él estuvo de acuerdo, ellos se retiraron corridos,
como la vez que la Cigarra se decidió y dijo a la
Hormiga todo lo que tenía que decirle.
ALFONSO X. Calila y Digna
El
hombre y la luna
Un hombre vio la luz de una estrella en el agua y
creyó que era una trucha. Durante dos horas estuvo
tratando de pescarla, pero cuando al fin vio que no
era nada, la dejó. Y otra noche vio de verdad en el
agua un pez, mas creyó que era el reflejo de la luna,
como la otra vez le había ocurrido y se fue sin tratar
de pescarlo, y lo perdió.
JUAN E. HARTZENBUSCH
El muchacho y la vela
Dijo una vez a la encendida vela
un chico de la escuela:
-Yo quiero, como tú, lucir un día.
La vela respondió: La suerte mía
sólo es angustia y humo.
Brillo, sí, mas brillando me consumo.
Ramón
Campoamor
Amar
por las apariencias - El alcornoque y la enredadera
Nació una Enredadera
Al pie de un alcornoque descarnado;
Vistóle de manera
Que fue en la primavera,
Siendo un bodoque ruin, blasón del prado.
Como propios primores
Lucía el corcho vil ajenas galas,
Siendo con tantas flores
Envidia de pastores
Y blanco del amor de las zagalas.
¿Oh, qué árbol tan florido
-Decían -; qué gentil, que primoroso!
Elogio merecido,
Pues, gracias al vestido,
Por Dios que el Alcornoque estaba hermoso.
Mas llegaron sin cuento
Del otoño las ráfagas sonoras,
Y soplando violento,
Dejó Alcornoque el viento
Al que el ídolo fue de las pastoras.
¡Cuántas de esta manera
Elvira, adoran a un galán bodoque,
Y hasta que el aura fiera
Lleva la enredadera,
No advierten que han amado a un alcornoque!
No
hay dicha completa - El placer y el pesar
Al descender al mundo
El Pesar y el Placer, fuerte el primero
Y débil el segundo,
Con afecto profundo
Llamáronse uno al otro <compañero>.
Sucedió que un cualquiera
Encontrando al Placer, con fuertes lazos
(Por fuerza que un tonto era)
Le estrechó de manera
Que por poco el Placer muere en sus brazos
Y no cometió dolo,
Ya que pudo, en gozarle el buen mancebo,
Pues juro por Apolo
Que si le hallara solo
Le dejara este cura como nuevo.
Al verse así ultrajado,
Para el mozo el Placer pidió un castigo,
Y el Pesar de contado,
De dolores cercado,
Voló en defensa de su flaco amigo.
-¡De hoy nos verá la gente
-Con amor se dijeron sin segundo-
Juntos eternamente!-
Eterna y juntamente
Desde entonces acá los halla el mundo.
Por eso, si por suerte
Ves, como el mozo, al que Placer se nombra,
Apercibido advierte
Que, para herir de muerte,
Recatado el Pesar vela a su sombra.
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