El puente de los perros
De Lo Que Sucedió en la Explanada de San Juan
La Iglesia de la Ermita

Campeche México

Leyendas de Campeche"El Puente de los Perros"

No viene al caso señalar los defectos de los campechanos, que son muchos, como corresponde a toda comunidad tropical heredera de una tradición que le permite vivir a costa del recuerdo; pero tampoco está de más mencionar que los alegres descendientes de una pintoresca mezcla de indígenas, comerciantes y piratas cultivan algunas virtudes singulares que, en el plano político, les han proporcionado siempre una estabilidad envidiable.

Efectivamente, lo que en otros lugares se resuelve por medio de conflictos sangrientos, porque nadie está dispuesto a que su gremio sea humillado -y de las discusiones se pasa a las trompadas y a los garrotazos-, en Campeche se trueca en un mimetismo que ya quisiera para su coleto el más consumado camaleón. Y es así como, en tiempo de colonias, los porteños eran peninsularistas, y hasta los caballos pertenecían al partido español; en la época de la efervescencia insurgente, eran casi rebeldes; bajo la República, republicanos; durante el efímero imperio de Iturbide, monárquicos; y, cuando se enteraron de que la estrella del futuro Su Alteza Serenísima empezaba a fulgurar, se declararon satanistas. Esto último no obsta para que, en 1830, y para evitar fricciones innecesarias y tópicos mal entendidos, los campechanos fuesen paulistas; por aquello de que el comandante militar de la plaza, cuñado del esforzado caudillo veracruzano, se llamaba Francisco de Paula Toro, y porque sonaba más eufónico ese término que el de toristas.

Don Pancho, en su calidad de jefe castrense de Campeche, no se sabe si poseía atribuciones administrativas propias del poder civil o se las tomaba por su cuenta; pero el hecho es que compartía la autoridad con el gobernador Don José Segundo Carvajal quien, nada celoso de los militares, prefería dejar a Don Francisco actuar, toda vez que el coronel se distinguía por su espíritu de progreso. Pues bien, quizá procurando la ventura de los campechanos, o por dar satisfacción a los deseos de su mujer, la virtuosa Doña Mercedes López de Santa Anna de Paula Toro, que gustaba de los paseos dominicales en el campo, héte que el comandante dispuso un día construir un puente sobre el canal de desagüe del suburbio de Santa Ana, vecindad a la que Doña Mechita le tenía particular afecto nacido probablemente de la homonimia.

Recibió el encargo de realizar la obra el afamado alarife Don José de la Luz Solís, que fue también al arquitecto de la Alameda; y en pocos meses, gracias al empeño y la diligencia del experto maestro, el puente quedó casi listo. Como se anotó Doña Mercedes era aficionada a pasear por la campiña; y en cierto ocasión llegó, en compañía de su marido, a inspeccionar los trabajos del puente. La señora se mostró entusiasmada con la mejora material, y creyó prudente comentar que, además de que sería de indudable beneficio para los habitantes del barrio, a ella le serviría de viaducto para disfrutar de un acogedor rincón de descanso en medio del monte. Examinando lo contraído, atrajeron su atención los cuatro extremos en que el puente remataba, por lo que preguntó al alarife:

-¿Quiere usted decirme, Don Pepe, para qué son los remates del puente?
-Tengo instrucciones de mi coronel aquí presente -contestó el aludido-, de colocar sobre los remates cuatro hermosos pebeteros, que han pedido a México y se encuentran ya en camino, y que simbolizarán respectivamente el fuego inextinguible de la ciencia, del arte, del pensamiento y del amor.

Después de oír tales palabras, la señora de Torno no preguntó más, pero guardó un silencio reflexivo.

Transcurridos algunos días doña Mercedes, acompañada de un aya, se apeó de su carruaje frente al puente en ejecución, y tras ella bajo un mocetón que a duras penas sostenía una traílla a la que estaban sujetos dos magníficos e imponentes mastines.

Dirigiéndose a Don José de la Luz, la primera dama interrogó: -¿Qué le parecería las estatuas de Aníbal y Alejandro para rematar el puente? A lo que respondió Don José:

-Señora, creo que serían unos remates admirables; y, por otra parte, estarían acordes con la profesión de mi coronel, ya que tan augustos personajes fueron grandes guerreros. Dijo Doña Mechita:
-No me he explicado claramente, Don Pepe; yo no estoy hablando de esos conquistadores franceses (Doña Mechita no era muy versada en historia universal) sino de perros, los que ve usted aquí; ¿no cree que quedarían soberbios como remates del puente?. Aunque cortesano, el señor Solís, que comprendió la intención de la de Toro, se atrevió a replicar:
-¡Pero, Doña Merceditas! ¡No pretenderá usted que se modifique el proyecto de mi coronel! ¡El ha dicho que los pebeteros adornarán el puente, y que serán el símbolo de la constante aspiración de los campechanos, no importa que sean de este barrio, hacia lo alto! ¡Además, los pebeteros llegarán en el próximo barco!
-Mire usted, Don Pepe -repuso Doña Mercedes-, yo respeto mucho a mi esposo y sus ideas, pero también adoro a mis perros; y se me ha ocurrido que especímenes de raza tan pura y majestuosa como Aníbal y Alejandro deben pasar a la posteridad, y nada mejor para ello que aprovechar los remates del puente. Y agregó:
-Le ruego, y conste que no acostumbro hacerlo, que en lugar del proyecto original, usted que es un escultor consagrado, se ocupe de modelar cuatro figuras de mis mastines en actitud de ladrar, para que, ya puestos en su sitio, ejerzan la vigilancia permanente de la ciudad. Estoy segura de que de sus hábiles manos saldrán los perros más bellos que jamás ha esculpido ningún artista!.

Halagado por haber sido ascendido de albañil a escultor, Don José de la Luz ya no respingó, y prometió a Doña Mercedes que atendería su súplica.

Gananda la escaramuza por el lado del obrero, la dama se encaminó a ver a sí consorte; y ya de frente a él le dijo estas palabras, después de haber preparado con un cariñoso beso:
-Panchito, hoy recibí carta de mi hermano Toño, y me ha recomendado que yo te salude con un fuerte abrazo. De esas cosas de política que no entiendo, dice que pronto substituirá al general Bustamante (éste era, en 1830, el Presidente de la República), y que yo te lo informe. Y también preguntó por Aníbal y Alejandro, los que, recordarás, él me obsequió; y me dice que le agradaría especialmente que se pusieran esfinges de los mastines en el puente en construcción. Don Francisco:
-¡Mechota, querida mía, no faltaba más! No era necesario que le hablaras a Antonio del puente; basta que tu voluntad sea que las estatuas de tus perros se coloquen allí para que se cumpla tu deseo; y así se hará. Pensándolo bien, serán más artísticos los canes como remates del puente que los pebeteros. ¡Ah! Y cuando le escribas a tu hermano, dile que no se olvide de nosotros.

En esa forma, Aníbal y Alejandro, reproducidas por partida doble, quedaron perpetuados en piedra en el puente del cuento; aunque no salieron imponentes de la mano del escultor; ni su actitud se antoja de ladrido vigilante sino de lúgubre lamento causado por la visión de un alma en pena.

El puente fue inaugurado con el nombre de Puente de la Merced, según una placa conmemorativa en la que se lee la siguiente inscripción: "Año de MDCCCXXX. Se construyó este puente con el título de la Merced de Santa Ana, bajo la dirección del Alarife D. José de la Luz Solís".

El gobernador Carvajal mandó poner otra placa en el ya desde entonces llamado Puente de los Perros, con la siguiente leyenda:

"MDCCCXXX. Se hizo por disposición del Señor coronel C. Francisco Toro, habiendo contribuido en unión de todo el partido, esta benemérita guarnición gratuitamente a su construcción y la de la alameda. A pueblos tan virtuosos militares tan recomendable, José Segundo Carvajal reconocido, dedica este documento.

Leyendas de Campeche"De Lo Que Sucedió en la Explanada de San Juan"

Pues, señor, había en Campeche, en la época en que se construían las murallas, un espadachín de nombre Cosme de Santaclara. Este caballero, miembro de una familia pudiente de la población, tenía fama de terrible. Y he aquí por qué lo era. Ocurría entonces, como ocurre hoy y continuará ocurriendo siempre, que los hijos de familias pudientes se marchaban a estudiar al extranjero, que para nuestros abuelos era España. Y como los padres de Cosme podían lo enviaron a España a educarse. El mimado jovenzuelo, por supuesto, no estudió ni por asomo, y en la nación de Cervantes se dedicó a los menesteres a que se dedican los golfos que huyen de su país en busca de cierta cultura: la vagancia y la mala vida. Y aunque se llenó de vicios, también adquirió una espada que le robó a un compañero de aventuras. Y cuando el malandrín le fue imposible ya sostenerse en Iberia, regresó a su puerto natal, con la espada al cinto.

Cómo engañó Cosme a sus progenitores en lo que toca a su estancia en España. O cómo ellos quizá le perdonaron su barrabasada al hijo de sus entrañas, no lo consigna la historia ni es material del presente capítulo. Pero lo que sí trascendió y pertenece a este veraz relato es que, ya en Campeche, el estudiante fracasado paseaba por todas partes con la espada. El matasiete, naturalmente, no conocía la esgrima ni siquiera por los libros, que nunca leyó; pero como era nido de embustes, no se le dificultó convencer a los crédulos campechanos que él era un experto esgrimista. Y Don Cosme de Santaclara se convirtió en un personaje de leyenda. Se hablaba de que en Europa se instruyó con los grandes maestros del florete, y que en diversos certámenes había puesto la muestra a los europeos de lo que son capaces los americanos con una espada en las manos.

No dejó Cosme de capitalizar la estimación y el respeto que por él sentían los bienintencionados porteños. Y de sus falsas dotes de espadachín unió las de Casanova. Y muchos maridos de la ya casi urbe intramuros tenían que hacerse de la vista gorda cuando se topaban inopinadamente en su casa con el de Santaclara, en compañía de su consorte por añadidura, pues pensaban para sus adentros que es mejor ser marido burlado, pero vivo, que un digno reivindicador de la honra de su caramitad, pero difunto. Y Cosme recorría las alcobas de la próximamente murada fortaleza como un emir su harem.

Extramuros, entre la floresta que crecía en esos tiempos en los alrededores, habitaba una familia de campesinos que tenían por hija a una beldad. Esta belleza, a la que llamaremos Irene, estaba comprometida para casarse con un zagal de nombre José.

Pero quiso que un día, respirando el aire puro de las afueras, Cosme recalase por el rumbo do se levantaba la vivienda de Irene, y que la bella se hallase a la puerta de su cabaña contemplando el horizonte. Y descubrir Cosme a la muchacha y prenderse de ella fue todo una misma cosa.

El galán empezó a asediar a Irene. Pero la joven, que, como mujer de pueblo, valoraba el honor femenino como si fuera joya preciosa y además le profesaba un sincero cariño a su prometido, puso a éste al tanto de lo que acontecía. José, que era de genio violento, quiso arrebatar un machete para enfrentarse al insolente. Mas Irene, preocupada por su futuro compañero de penas y alegrías con cuerdos razonamientos lo persuadió a emplear la circunspección porque Cosme, como todo el mundo afirmaba, era el mejor espada de cien leguas a la redonda, de manera que daría buena cuenta de un infeliz machetero.

-Eso sí -dijo la Eva-, procura reclamarle su conducta para que no crea que yo me rendiré a él, y así ya no me importune más.

José esperó a Cosme en su ronda diaria por el predio de Irene. Y habiéndole identificado, le salió al paso, dirigiéndose a él con estas palabras: -Señor de Santaclara, discúlpeme usted, pero quiero suplicarle que no siga molestando a mi novia.
-¿Qué decís, campesino?-, respondió Cosme, que se las daba de elegante y perito en el uso de la lengua al estilo de la Madre Patria. -Que mi novia me ha dicho que usted la pretende, y le pido que la deje en paz-, replicó José algo amoscado. Entonces Cosme, irguiéndose en su vanidad de conquistador y empuñando el pomo de su espalda, exclamó:
-¡Alto ahí, palurdo! ¿Cómo os atrevéis a insultarme? ¿No sabéis quién soy? ¡No ha nacido todavía el que me prohíba hacer lo que me venga en gana! ¡Irene será para mí i no sois vos quien ha de impedírmelo! ¡Y quitáos de mi presencia antes de que yo pierda la paciencia!

José no pudo contenerse más y se arrojó sobre el petimetre; pero éste lo esquivó, y el campesino que, según se entiende, no era ningún cobarde, dio con sus huesos en la tierra. No se había incorporado aún cuando sintió sobre sus costillas la fría punta de la espada, y oyó a Cosme gritar: -¡No intentéis moveros o sois hombre muerto! ¡De que no sois de mi alcurnia, os brindaré la oportunidad de defenderos en el campo de honor!.

Esto diciendo, le propinó al caído una bofetada y agregó: -¡Os guardaré mañana antes del alba, con vuestros padrinos, en la explanada de San Juan! Y contoneándose como un campeón olímpico, se alejo de allí.

Inútil es declarar que José, iracundo y humillado, exbería mataros al momento por vuestra osadía, pero aun experimentó el impulso irresistible de alcanzar al pisaverde y cobrársela; pero el amor a la vida y a Irene le aconsejó prudencia; y también el recuerdo de la helada punta de la espada.

Al siguiente día, a la hora fijada, apareció José en la explanada de San Juan flaqueando por otros dos labradores, fornidos gañanes, que fungirían como padrinos. Cosme, que esperaba hacía rato en el lugar del duelo, al ver a José comentó despectivamente:

-¡Ajá, por fin llegáis! No niego que sois valiente, a pesar de comprender que dentro de algunos minutos seréis ya cadáver. Y me place que vuestros padrinos sean de vuestra calaña. ¡Ea, pues, a lo que hemos venido! ¡Porque tengo una cita con Irene después de que os atraviese el corazón!

Los padrinos procedieron al examen de las armas que los contendientes usarían en el encuentro; y luego de que Santaclara exhibió con aspavientos y frases de suficiencia su brillante y hermosa espada, reparando por primera vez en que el montuno no portaba ni puñal, preguntó: -¿Y con qué combatiréis, pobre diablo?
-¡Con esto!-, repuso José, al tiempo que, abriendo una caja que le ofreció uno de los padrinos, extraía de ella un imponente garrote. Y no repuesto aún de la sorpresa, Cosme recibió un garrotazo inicial. Y detrás cuarenta más. Y, como ya sospechaba el lector, la espada no le sirvió al espadachín para nada, porque la verdad es que ignoraba completamente como manipularla.

Al mirar a su ahijado en estado parecido al de Don Quijote tras el tratamiento que le propinaron las cabreros, los padrinos de Cosme quisieron ir en su auxilio. Pero entraron en escena los padrinos de José y, armados también con garrotes, arremetieron contra los socorristas, que, no deseando sufrir el destino del Don Juan, emprendieron veloz carrera a todo lo que daban sus piernas para conjurar el peligro.

Varios meses estuvo Cosme pagando el precio de su bravuconería imposibilitado para caminar. Y cuando, ya algo recuperado, comenzó a sentarse a la entrada de su casa para tonificarse con la luz del sol, un día fue visitado por un grupo de maridos ofendidos que, informados del castigo que le obsequió José, y ya seguros de el embaucador era solo un fanfarrón aprovechado, le administraron otra tupida paliza. Y como el número de los esposos burlados no era escaso, no transcurría semana sin que el Casanova desacreditado recibiese su tunda reglamentaria. Hasta que sus padres, que conocían la piel del hijo que Dios les había mandado, lo remitieron de nuevo a España para salvarle su perra existencia y para que, ahora si, se dedicara a estudiar.

Y así terminó el episodio de la explanada de San Juan, en el siglo glorioso en que se erigieron las inexpugnables murallas de la muy noble y leal ciudad de San Francisco de Campeche.

Leyendas de Campeche "La Iglesia de la Ermita"

La iglesia de la Ermita, emplazada en el barrio de San Francisco, fue construida bajo la advocación de la Virgen María con el nombre de Ermita de Nuestra Señora del Buen Viaje. En la época en que fue edificada, dicha iglesia que entonces era un pequeño adoratorio, se hallaba fuera del perímetro del puerto, a considerable distancia del centro de la población, y al comienzo de la vía de herradura que los lugareños bautizaron con el nombre de Camino Real. Y he aquí la historia de ese templo.

A mediados del siglo XVII residía en la villa campechana un caballero llamado Gaspar González de Ledesma, que se contaba entre los miembros más conspicuos de la elite local. Hombre acaudalado, su personalidad se manifestaba de acuerdo con su favorable condición económica. Sustentaba Don Gaspar un criterio que hoy se calificaría de pragmático, pues entre diversas concepciones, fruto de su manera de apreciar las cosas, sostenía la opinión de que la vida pertenece a los audaces. Típico de aquel rico hombre era el punto de vista de que la modestia sólo conduce a frustraciones y lágrimas; y decía que los pobres lo son por sus titubeos y miedos, que les impiden aprovechar las oportunidades que se les ofrecen. Como se comprende, Don Gastar únicamente respetaba a sus iguales; y a los humildes y desposeídos los ignoraba, si no es que sentía hacía ellos un profundo desprecio.

En materia de religión, Don Gaspar no era precisamente un ateo, pero tampoco se distinguía por su piedad; y aunque por precaución no externaba sus convicciones en este terreno, dadas las costumbres imperantes, a su juicio la oración y las prácticas del culto representaban fruslerías y, según él, constituían el refugio de los pusilánimes y fracasados.

Cierta vez, el caballero de nuestro relato, después de una jornada de lucrativos negocios que realizó en varias ciudades de España, se embarco en Cádiz para retornar a Campeche. En la nao viajaban, como compañeros de travesía de González, individuos de distintas nacionalidades y oficios que se dirigían a América ya sea para ocupar una vacante disponible en la administración colonial; ya para emprender una industria que sirviera para aumentar, mediante la explotación de las fabulosas riquezas americanas, los dividendos del comercio proteccionista de la Metrópoli; ya en plan de simples aventureros. Entre aquellos pasajeros figuraba un fraile que marchaba al Nuevo Continente en misión evangelizadora. Era el tal un ser menudo, apergaminado y enjuto, que en la nave se mantenía apartado de los demás. Este hombre de Dios, a pesar de su sencillez, atrajo la atención de Don Gaspar, quien le buscó conversación. El hermano, a quien nombraremos Fray Rodrigo, no era lo que parecía, pues causó en el de Ledesma la mejor de las impresiones tanto por su sabiduría como por su conocimiento del mundo y, especialmente, por su filosofía inspirada en la fe y las Sagradas Escrituras. No dejó Fray Rodrigo de percibir que se las había con un descreído, y se las ingenió para iniciar su labor catequizadora atacando la muralla de soberbia encarnada por Don Gaspar.

Durante el trayecto, el burgués observó que el clérigo casi no tomaba alimentos, que sistemáticamente rechazaba los que consumían la tripulación y los otros viajantes, y que, para subsistir, usaba exclusivamente agua, miel y frutas secas que guardaba en su zurrón. Además, el ricachón vio que Fray Rodrigo era un devoto de la Santísima Virgen María, cuya imagen llevaba en el relicario. Y como se estableció alguna camaradería entre los dos personajes, en una ocasión dijo Don Gaspar al fraile: -Hermano, vuestro estilo de vivir es una prueba de que yo tengo razón y que vos estáis totalmente equivocado. ¿Por qué habláis así?-, preguntó Fray Rodrigo. -Porque es evidente que no coméis porque estáis enfermo o porque sois pobre. En cualquier caso, vuestra situación procede del oficio a que os dedicáis, pues no hay otro más triste y contrario a la naturaleza que el de fraile. ¿Quién puede estar a gusto con nada si constantemente sufre privaciones y el escarnio de la gente, además de estar incapacitado para luchar por los bienes que hacen agradable la vida? -No os expreséis así, hermano -repuso el misionero-, pues blasfemáis. Considerad que yo escogí la carrera de sacerdote por mi voluntad; y, por otra parte, habéis de saber que la Madre de Dios ha sido siempre mi bienhechora, como lo es de todos los hombres, y esto se refiere también a vos. -¡Pamplinas! -respondió Don Gaspar-. Hasta ahora me he bastado sin nadie; y yo os garantizo que jamás necesitaré ayuda de ningún santo, que por lo demás no entiendo cómo pueda prestarme auxilio alguno. Entre los humanos, padre, únicamente cuentan la iniciativa y la astucia, aunque vos pretendáis que recibimos asistencia de arriba. Yo os aseguro que sólo el poder de un hombre es superior al de otro hombre.

Y en pláticas de este cariz iba transcurriendo el largo recorrido.

Pero una mañana el capitán de la embarcación advirtió a los pasajeros que se aprestaran a resguardarse porque en el horizonte se avizoraban señales de tormenta. Efectivamente, al atardecer los signos del temporal se afirmaron, y al entrar la noche se desató una furiosa tempestad. La marejada sacudía la base zarandeándola como un juguete, y altas olas barrían la cubierta y los compartimentos del bajel. Y, en vista de que a medida que las horas pasaban la tormenta arreciaba, el capitán dispuso evacuar el barco que, por los embates del huracán, estaba a punto de zozobrar. Mas no fue posible cumplir la orden transmitida, Una sucesión de olas gigantescas se abatió sobre el navío que, al quedar sin equilibrio, naufragó y fue despedazado por la potencia del terrible maremoto.

Mientras la tempestad continuaba azotando los restos del buque, los desdichados ocupantes del mismo, incapaces de ponerse a salvo, desaparecían tragados por el mar. Solamente el solitario fraile superó el desastre, pues, con ímprobos esfuerzos, había logrado abordar unos maderos que, a modo de improvisada balsa, le sirvieron para no se arrastrado por la vorágine al fondo del océano. Fray Rodrigo, recobradas sus energías, oteaba alrededor suyo para ver de descubrir a algún sobreviviente y tratar de ayudarlo. Pero todo era en vano. El mar había absorbido a los navegantes. Sin embargo, un golpe de las olas estrelló contra las tablas un cuerpo, y el misionero, con peligro de perecer en el maremágnum, lo aprisionó por un brazo. Y depositándolo sobre la balsa, que a cada minuto amenazaba irse a pique, reconoció, al destello de los relámpagos, al rescatado: ¡Era Don Gaspar González, aquel que pensaba que el mundo pertenece a los poderosos!.

La tempestad amainó; y mientras el sacerdote, rezaba sus oraciones fúnebres por el alma del comerciante, éste exhaló un gemido. ¡Aún vivía! Inmediatamente Fray Rodrigo extrajo de su zurrón pócima que dio a beber al semiahogado, y segundos más tarde Don Gaspar vomitó una tremenda cantidad de agua salada. Ya algo reanimado, el fraile administró unas gotas de vino gracias a las cuales recobró la lucidez. ¡Y su sorpresa no tuvo límites al saberse ileso en el centro del Atlántico y al lado del franciscano!

En los días que siguieron de náufragos, sometidos a la acción del inclemente sol y moviéndose lentamente a la deriva, se mantuvieron con la parca ración que el padre Rodrigo transportaba en su bolsa de peregrino. Hasta que las provisiones se agotaron. Y entonces el hombre fuerte, el que siempre se había burlado de los débiles y los pusilánimes, se entregó a la desesperación. -¿Qué vamos a hacer, hermano Rodrigo? ¡Moriremos de hambre y de sed! ¡Yo no quiero morir!- gritaba. A lo que el religioso contestaba: -¡Tened fe en Dios y la Virgen, señor de Ledesma! No ganáis nado con quejaros. Si creéis en la potestad divina, rogad de todo corazón por vuestra salvación, y yo os juro que aun acariciaréis a vuestro nietos.

Para colmo, una segunda tempestad estalló sobre los desgraciados; y, debido a la irresistible vendaval que soplaba, la balsa se abrió por la mitad, con lo que en su superficie ya sólo había espacio para uno de ellos. Don Gaspar, trémulo de espanto, se aferró al madero. Y, antes de perder el conocimiento, escuchó lejanamente la voy del fraile, que le decía: -No temáis, infeliz Don Gaspar. Ahora comprobaréis que nuestra Madre nunca abandona a sus hijos. Sólo os pido que elevéis vuestras plegarias a la Santísima Virgen, y confiad en que saldréis de esta calamidad.

No supo González cuánto tiempo estuvo inconsciente; pero, al despertar, se encontró en tierra, en una playa desierta a ala que había sido arrojado por la resaca. Quiso incorporarse, pero a extenuación se lo impidió. Y, al repetir su intento, de su diestra resbaló un relicario en el que reconoció el que llevaba al cuello Fray Rodrigo. Una especie de luz cegadora iluminó el discernimiento del infortunado, y a su mente acudieron en tropel las escenas ocurridas en el viaje y los dantescos acontecimientos de la tormenta. Aquilató hasta la última raíz de su espíritu el desprendimiento del franciscano, que se sacrificó para que él el altivo González de Ledesma, se librara de los horrores de la muerte. Y cayó desmayado.

Personas bondadosas que hallaron exánime náufrago se encargaron de proporcionarle los cuidados necesarios para su restablecimiento. Y, ya suficientemente fortalecido, le suministraron los medios para trasladarse de Cuba, la tierra a donde providencialmente había sido lanzado por la borrasca, a Campeche.

De más esta decir que Don Gaspar llegó al puerto transformado, y fue su cambio tan completo que sus amigos apenas le identificaron: la soberbia se había trocado en mansedumbre, y la ostentación de antaño se mudó en humildad. Obedeciendo a un impulso sobrenatural, vendió su patrimonio y el producto lo distribuyó entre los pobres.

Y con una parte de lo obtenido mandó construir la capilla que, a ruego suyo, fue puesta bajo la advocación de Nuestra Señora, consagrándose en el altar la imagen del relicario de Fray Rodrigo.

Finalmente, Don Gaspar solicitó ser designado guardián del templo; y, satisfecha su petición, visitó el burdo hábito del ermitaño que, socorrido por la caridad pública, terminó sus días en olor de santidad en calidad de siervo de Nuestra Señora del Buen Viaje.

"Leyendas Apócrifas" del Folklore Campechano
De: Guillermo González Galera
Departamento Difusión Cultural de la Universidad Autónoma del Sudeste - IX-1977

Campeche - México

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