"El
Puente de los Perros"
No viene al caso señalar
los defectos de los campechanos, que son muchos, como corresponde
a toda comunidad tropical heredera de una tradición que le
permite vivir a costa del recuerdo; pero tampoco está de más
mencionar que los alegres descendientes de una pintoresca
mezcla de indígenas, comerciantes y piratas cultivan algunas
virtudes singulares que, en el plano político, les han proporcionado
siempre una estabilidad envidiable.
Efectivamente, lo que en
otros lugares se resuelve por medio de conflictos sangrientos,
porque nadie está dispuesto a que su gremio sea humillado
-y de las discusiones se pasa a las trompadas y a los garrotazos-,
en Campeche se trueca en un mimetismo que ya quisiera para
su coleto el más consumado camaleón. Y es así como, en tiempo
de colonias, los porteños eran peninsularistas, y hasta los
caballos pertenecían al partido español; en la época de la
efervescencia insurgente, eran casi rebeldes; bajo la República,
republicanos; durante el efímero imperio de Iturbide, monárquicos;
y, cuando se enteraron de que la estrella del futuro Su Alteza
Serenísima empezaba a fulgurar, se declararon satanistas.
Esto último no obsta para que, en 1830, y para evitar fricciones
innecesarias y tópicos mal entendidos, los campechanos fuesen
paulistas; por aquello de que el comandante militar de la
plaza, cuñado del esforzado caudillo veracruzano, se llamaba
Francisco de Paula Toro, y porque sonaba más eufónico ese
término que el de toristas.
Don Pancho, en su calidad
de jefe castrense de Campeche, no se sabe si poseía atribuciones
administrativas propias del poder civil o se las tomaba por
su cuenta; pero el hecho es que compartía la autoridad con
el gobernador Don José Segundo Carvajal quien, nada celoso
de los militares, prefería dejar a Don Francisco actuar, toda
vez que el coronel se distinguía por su espíritu de progreso.
Pues bien, quizá procurando la ventura de los campechanos,
o por dar satisfacción a los deseos de su mujer, la virtuosa
Doña Mercedes López de Santa Anna de Paula Toro, que gustaba
de los paseos dominicales en el campo, héte que el comandante
dispuso un día construir un puente sobre el canal de desagüe
del suburbio de Santa Ana, vecindad a la que Doña Mechita
le tenía particular afecto nacido probablemente de la homonimia.
Recibió el encargo de realizar
la obra el afamado alarife Don José de la Luz Solís, que fue
también al arquitecto de la Alameda; y en pocos meses, gracias
al empeño y la diligencia del experto maestro, el puente quedó
casi listo. Como se anotó Doña Mercedes era aficionada a pasear
por la campiña; y en cierto ocasión llegó, en compañía de
su marido, a inspeccionar los trabajos del puente. La señora
se mostró entusiasmada con la mejora material, y creyó prudente
comentar que, además de que sería de indudable beneficio para
los habitantes del barrio, a ella le serviría de viaducto
para disfrutar de un acogedor rincón de descanso en medio
del monte. Examinando lo contraído, atrajeron su atención
los cuatro extremos en que el puente remataba, por lo que
preguntó al alarife:
-¿Quiere usted decirme, Don
Pepe, para qué son los remates del puente?
-Tengo instrucciones de mi coronel aquí presente -contestó
el aludido-, de colocar sobre los remates cuatro hermosos
pebeteros, que han pedido a México y se encuentran ya en camino,
y que simbolizarán respectivamente el fuego inextinguible
de la ciencia, del arte, del pensamiento y del amor.
Después de oír tales palabras,
la señora de Torno no preguntó más, pero guardó un silencio
reflexivo.
Transcurridos algunos días
doña Mercedes, acompañada de un aya, se apeó de su carruaje
frente al puente en ejecución, y tras ella bajo un mocetón
que a duras penas sostenía una traílla a la que estaban sujetos
dos magníficos e imponentes mastines.
Dirigiéndose a Don José de
la Luz, la primera dama interrogó: -¿Qué le parecería las
estatuas de Aníbal y Alejandro para rematar el puente? A lo
que respondió Don José:
-Señora, creo que serían
unos remates admirables; y, por otra parte, estarían acordes
con la profesión de mi coronel, ya que tan augustos personajes
fueron grandes guerreros. Dijo Doña Mechita:
-No me he explicado claramente, Don Pepe; yo no estoy hablando
de esos conquistadores franceses (Doña Mechita no era muy
versada en historia universal) sino de perros, los que ve
usted aquí; ¿no cree que quedarían soberbios como remates
del puente?. Aunque cortesano, el señor Solís, que comprendió
la intención de la de Toro, se atrevió a replicar:
-¡Pero, Doña Merceditas! ¡No pretenderá usted que se modifique
el proyecto de mi coronel! ¡El ha dicho que los pebeteros
adornarán el puente, y que serán el símbolo de la constante
aspiración de los campechanos, no importa que sean de este
barrio, hacia lo alto! ¡Además, los pebeteros llegarán en
el próximo barco!
-Mire usted, Don Pepe -repuso Doña Mercedes-, yo respeto mucho
a mi esposo y sus ideas, pero también adoro a mis perros;
y se me ha ocurrido que especímenes de raza tan pura y majestuosa
como Aníbal y Alejandro deben pasar a la posteridad, y nada
mejor para ello que aprovechar los remates del puente. Y agregó:
-Le ruego, y conste que no acostumbro hacerlo, que en lugar
del proyecto original, usted que es un escultor consagrado,
se ocupe de modelar cuatro figuras de mis mastines en actitud
de ladrar, para que, ya puestos en su sitio, ejerzan la vigilancia
permanente de la ciudad. Estoy segura de que de sus hábiles
manos saldrán los perros más bellos que jamás ha esculpido
ningún artista!.
Halagado por haber sido ascendido
de albañil a escultor, Don José de la Luz ya no respingó,
y prometió a Doña Mercedes que atendería su súplica.
Gananda la escaramuza por
el lado del obrero, la dama se encaminó a ver a sí consorte;
y ya de frente a él le dijo estas palabras, después de haber
preparado con un cariñoso beso:
-Panchito, hoy recibí carta de mi hermano Toño, y me ha recomendado
que yo te salude con un fuerte abrazo. De esas cosas de política
que no entiendo, dice que pronto substituirá al general Bustamante
(éste era, en 1830, el Presidente de la República), y que
yo te lo informe. Y también preguntó por Aníbal y Alejandro,
los que, recordarás, él me obsequió; y me dice que le agradaría
especialmente que se pusieran esfinges de los mastines en
el puente en construcción. Don Francisco:
-¡Mechota, querida mía, no faltaba más! No era necesario que
le hablaras a Antonio del puente; basta que tu voluntad sea
que las estatuas de tus perros se coloquen allí para que se
cumpla tu deseo; y así se hará. Pensándolo bien, serán más
artísticos los canes como remates del puente que los pebeteros.
¡Ah! Y cuando le escribas a tu hermano, dile que no se olvide
de nosotros.
En esa forma, Aníbal y Alejandro,
reproducidas por partida doble, quedaron perpetuados en piedra
en el puente del cuento; aunque no salieron imponentes de
la mano del escultor; ni su actitud se antoja de ladrido vigilante
sino de lúgubre lamento causado por la visión de un alma en
pena.
El puente fue inaugurado
con el nombre de Puente de la Merced, según una placa conmemorativa
en la que se lee la siguiente inscripción: "Año de MDCCCXXX.
Se construyó este puente con el título de la Merced de Santa
Ana, bajo la dirección del Alarife D. José de la Luz Solís".
El gobernador Carvajal mandó
poner otra placa en el ya desde entonces llamado Puente de
los Perros, con la siguiente leyenda:
"MDCCCXXX. Se hizo por
disposición del Señor coronel C. Francisco Toro, habiendo
contribuido en unión de todo el partido, esta benemérita guarnición
gratuitamente a su construcción y la de la alameda. A pueblos
tan virtuosos militares tan recomendable, José Segundo Carvajal
reconocido, dedica este documento.
"De
Lo Que Sucedió en la Explanada de San Juan"
Pues, señor, había en Campeche,
en la época en que se construían las murallas, un espadachín
de nombre Cosme de Santaclara. Este caballero, miembro de
una familia pudiente de la población, tenía fama de terrible.
Y he aquí por qué lo era. Ocurría entonces, como ocurre hoy
y continuará ocurriendo siempre, que los hijos de familias
pudientes se marchaban a estudiar al extranjero, que para
nuestros abuelos era España. Y como los padres de Cosme podían
lo enviaron a España a educarse. El mimado jovenzuelo, por
supuesto, no estudió ni por asomo, y en la nación de Cervantes
se dedicó a los menesteres a que se dedican los golfos que
huyen de su país en busca de cierta cultura: la vagancia y
la mala vida. Y aunque se llenó de vicios, también adquirió
una espada que le robó a un compañero de aventuras. Y cuando
el malandrín le fue imposible ya sostenerse en Iberia, regresó
a su puerto natal, con la espada al cinto.
Cómo engañó Cosme a sus progenitores
en lo que toca a su estancia en España. O cómo ellos quizá
le perdonaron su barrabasada al hijo de sus entrañas, no lo
consigna la historia ni es material del presente capítulo.
Pero lo que sí trascendió y pertenece a este veraz relato
es que, ya en Campeche, el estudiante fracasado paseaba por
todas partes con la espada. El matasiete, naturalmente, no
conocía la esgrima ni siquiera por los libros, que nunca leyó;
pero como era nido de embustes, no se le dificultó convencer
a los crédulos campechanos que él era un experto esgrimista.
Y Don Cosme de Santaclara se convirtió en un personaje de
leyenda. Se hablaba de que en Europa se instruyó con los grandes
maestros del florete, y que en diversos certámenes había puesto
la muestra a los europeos de lo que son capaces los americanos
con una espada en las manos.
No dejó Cosme de capitalizar
la estimación y el respeto que por él sentían los bienintencionados
porteños. Y de sus falsas dotes de espadachín unió las de
Casanova. Y muchos maridos de la ya casi urbe intramuros tenían
que hacerse de la vista gorda cuando se topaban inopinadamente
en su casa con el de Santaclara, en compañía de su consorte
por añadidura, pues pensaban para sus adentros que es mejor
ser marido burlado, pero vivo, que un digno reivindicador
de la honra de su caramitad, pero difunto. Y Cosme recorría
las alcobas de la próximamente murada fortaleza como un emir
su harem.
Extramuros, entre la floresta
que crecía en esos tiempos en los alrededores, habitaba una
familia de campesinos que tenían por hija a una beldad. Esta
belleza, a la que llamaremos Irene, estaba comprometida para
casarse con un zagal de nombre José.
Pero quiso que un día, respirando
el aire puro de las afueras, Cosme recalase por el rumbo do
se levantaba la vivienda de Irene, y que la bella se hallase
a la puerta de su cabaña contemplando el horizonte. Y descubrir
Cosme a la muchacha y prenderse de ella fue todo una misma
cosa.
El galán empezó a asediar
a Irene. Pero la joven, que, como mujer de pueblo, valoraba
el honor femenino como si fuera joya preciosa y además le
profesaba un sincero cariño a su prometido, puso a éste al
tanto de lo que acontecía. José, que era de genio violento,
quiso arrebatar un machete para enfrentarse al insolente.
Mas Irene, preocupada por su futuro compañero de penas y alegrías
con cuerdos razonamientos lo persuadió a emplear la circunspección
porque Cosme, como todo el mundo afirmaba, era el mejor espada
de cien leguas a la redonda, de manera que daría buena cuenta
de un infeliz machetero.
-Eso sí -dijo la Eva-, procura reclamarle su conducta para
que no crea que yo me rendiré a él, y así ya no me importune
más.
José esperó a Cosme en su
ronda diaria por el predio de Irene. Y habiéndole identificado,
le salió al paso, dirigiéndose a él con estas palabras: -Señor
de Santaclara, discúlpeme usted, pero quiero suplicarle que
no siga molestando a mi novia.
-¿Qué decís, campesino?-, respondió Cosme, que se las daba
de elegante y perito en el uso de la lengua al estilo de la
Madre Patria. -Que mi novia me ha dicho que usted la pretende,
y le pido que la deje en paz-, replicó José algo amoscado.
Entonces Cosme, irguiéndose en su vanidad de conquistador
y empuñando el pomo de su espalda, exclamó:
-¡Alto ahí, palurdo! ¿Cómo os atrevéis a insultarme? ¿No sabéis
quién soy? ¡No ha nacido todavía el que me prohíba hacer lo
que me venga en gana! ¡Irene será para mí i no sois vos quien
ha de impedírmelo! ¡Y quitáos de mi presencia antes de que
yo pierda la paciencia!
José no pudo contenerse más
y se arrojó sobre el petimetre; pero éste lo esquivó, y el
campesino que, según se entiende, no era ningún cobarde, dio
con sus huesos en la tierra. No se había incorporado aún cuando
sintió sobre sus costillas la fría punta de la espada, y oyó
a Cosme gritar: -¡No intentéis moveros o sois hombre muerto!
¡De que no sois de mi alcurnia, os brindaré la oportunidad
de defenderos en el campo de honor!.
Esto diciendo, le propinó
al caído una bofetada y agregó: -¡Os guardaré mañana antes
del alba, con vuestros padrinos, en la explanada de San Juan!
Y contoneándose como un campeón olímpico, se alejo de allí.
Inútil es declarar que José,
iracundo y humillado, exbería mataros al momento por vuestra
osadía, pero aun experimentó el impulso irresistible de alcanzar
al pisaverde y cobrársela; pero el amor a la vida y a Irene
le aconsejó prudencia; y también el recuerdo de la helada
punta de la espada.
Al siguiente día, a la hora
fijada, apareció José en la explanada de San Juan flaqueando
por otros dos labradores, fornidos gañanes, que fungirían
como padrinos. Cosme, que esperaba hacía rato en el lugar
del duelo, al ver a José comentó despectivamente:
-¡Ajá, por fin llegáis! No
niego que sois valiente, a pesar de comprender que dentro
de algunos minutos seréis ya cadáver. Y me place que vuestros
padrinos sean de vuestra calaña. ¡Ea, pues, a lo que hemos
venido! ¡Porque tengo una cita con Irene después de que os
atraviese el corazón!
Los padrinos procedieron
al examen de las armas que los contendientes usarían en el
encuentro; y luego de que Santaclara exhibió con aspavientos
y frases de suficiencia su brillante y hermosa espada, reparando
por primera vez en que el montuno no portaba ni puñal, preguntó:
-¿Y con qué combatiréis, pobre diablo?
-¡Con esto!-, repuso José, al tiempo que, abriendo una caja
que le ofreció uno de los padrinos, extraía de ella un imponente
garrote. Y no repuesto aún de la sorpresa, Cosme recibió un
garrotazo inicial. Y detrás cuarenta más. Y, como ya sospechaba
el lector, la espada no le sirvió al espadachín para nada,
porque la verdad es que ignoraba completamente como manipularla.
Al mirar a su ahijado en
estado parecido al de Don Quijote tras el tratamiento que
le propinaron las cabreros, los padrinos de Cosme quisieron
ir en su auxilio. Pero entraron en escena los padrinos de
José y, armados también con garrotes, arremetieron contra
los socorristas, que, no deseando sufrir el destino del Don
Juan, emprendieron veloz carrera a todo lo que daban sus piernas
para conjurar el peligro.
Varios meses estuvo Cosme
pagando el precio de su bravuconería imposibilitado para caminar.
Y cuando, ya algo recuperado, comenzó a sentarse a la entrada
de su casa para tonificarse con la luz del sol, un día fue
visitado por un grupo de maridos ofendidos que, informados
del castigo que le obsequió José, y ya seguros de el embaucador
era solo un fanfarrón aprovechado, le administraron otra tupida
paliza. Y como el número de los esposos burlados no era escaso,
no transcurría semana sin que el Casanova desacreditado recibiese
su tunda reglamentaria. Hasta que sus padres, que conocían
la piel del hijo que Dios les había mandado, lo remitieron
de nuevo a España para salvarle su perra existencia y para
que, ahora si, se dedicara a estudiar.
Y así terminó el episodio
de la explanada de San Juan, en el siglo glorioso en que se
erigieron las inexpugnables murallas de la muy noble y leal
ciudad de San Francisco de Campeche.
"La Iglesia de la Ermita"
La iglesia de la Ermita,
emplazada en el barrio de San Francisco, fue construida bajo
la advocación de la Virgen María con el nombre de Ermita de
Nuestra Señora del Buen Viaje. En la época en que fue edificada,
dicha iglesia que entonces era un pequeño adoratorio, se hallaba
fuera del perímetro del puerto, a considerable distancia del
centro de la población, y al comienzo de la vía de herradura
que los lugareños bautizaron con el nombre de Camino Real.
Y he aquí la historia de ese templo.
A mediados del siglo XVII
residía en la villa campechana un caballero llamado Gaspar
González de Ledesma, que se contaba entre los miembros más
conspicuos de la elite local. Hombre acaudalado, su personalidad
se manifestaba de acuerdo con su favorable condición económica.
Sustentaba Don Gaspar un criterio que hoy se calificaría de
pragmático, pues entre diversas concepciones, fruto de su
manera de apreciar las cosas, sostenía la opinión de que la
vida pertenece a los audaces. Típico de aquel rico hombre
era el punto de vista de que la modestia sólo conduce a frustraciones
y lágrimas; y decía que los pobres lo son por sus titubeos
y miedos, que les impiden aprovechar las oportunidades que
se les ofrecen. Como se comprende, Don Gastar únicamente respetaba
a sus iguales; y a los humildes y desposeídos los ignoraba,
si no es que sentía hacía ellos un profundo desprecio.
En materia de religión, Don
Gaspar no era precisamente un ateo, pero tampoco se distinguía
por su piedad; y aunque por precaución no externaba sus convicciones
en este terreno, dadas las costumbres imperantes, a su juicio
la oración y las prácticas del culto representaban fruslerías
y, según él, constituían el refugio de los pusilánimes y fracasados.
Cierta vez, el caballero
de nuestro relato, después de una jornada de lucrativos negocios
que realizó en varias ciudades de España, se embarco en Cádiz
para retornar a Campeche. En la nao viajaban, como compañeros
de travesía de González, individuos de distintas nacionalidades
y oficios que se dirigían a América ya sea para ocupar una
vacante disponible en la administración colonial; ya para
emprender una industria que sirviera para aumentar, mediante
la explotación de las fabulosas riquezas americanas, los dividendos
del comercio proteccionista de la Metrópoli; ya en plan de
simples aventureros. Entre aquellos pasajeros figuraba un
fraile que marchaba al Nuevo Continente en misión evangelizadora.
Era el tal un ser menudo, apergaminado y enjuto, que en la
nave se mantenía apartado de los demás. Este hombre de Dios,
a pesar de su sencillez, atrajo la atención de Don Gaspar,
quien le buscó conversación. El hermano, a quien nombraremos
Fray Rodrigo, no era lo que parecía, pues causó en el de Ledesma
la mejor de las impresiones tanto por su sabiduría como por
su conocimiento del mundo y, especialmente, por su filosofía
inspirada en la fe y las Sagradas Escrituras. No dejó Fray
Rodrigo de percibir que se las había con un descreído, y se
las ingenió para iniciar su labor catequizadora atacando la
muralla de soberbia encarnada por Don Gaspar.
Durante el trayecto, el burgués
observó que el clérigo casi no tomaba alimentos, que sistemáticamente
rechazaba los que consumían la tripulación y los otros viajantes,
y que, para subsistir, usaba exclusivamente agua, miel y frutas
secas que guardaba en su zurrón. Además, el ricachón vio que
Fray Rodrigo era un devoto de la Santísima Virgen María, cuya
imagen llevaba en el relicario. Y como se estableció alguna
camaradería entre los dos personajes, en una ocasión dijo
Don Gaspar al fraile: -Hermano, vuestro estilo de vivir es
una prueba de que yo tengo razón y que vos estáis totalmente
equivocado. ¿Por qué habláis así?-, preguntó Fray Rodrigo.
-Porque es evidente que no coméis porque estáis enfermo o
porque sois pobre. En cualquier caso, vuestra situación procede
del oficio a que os dedicáis, pues no hay otro más triste
y contrario a la naturaleza que el de fraile. ¿Quién puede
estar a gusto con nada si constantemente sufre privaciones
y el escarnio de la gente, además de estar incapacitado para
luchar por los bienes que hacen agradable la vida? -No os
expreséis así, hermano -repuso el misionero-, pues blasfemáis.
Considerad que yo escogí la carrera de sacerdote por mi voluntad;
y, por otra parte, habéis de saber que la Madre de Dios ha
sido siempre mi bienhechora, como lo es de todos los hombres,
y esto se refiere también a vos. -¡Pamplinas! -respondió Don
Gaspar-. Hasta ahora me he bastado sin nadie; y yo os garantizo
que jamás necesitaré ayuda de ningún santo, que por lo demás
no entiendo cómo pueda prestarme auxilio alguno. Entre los
humanos, padre, únicamente cuentan la iniciativa y la astucia,
aunque vos pretendáis que recibimos asistencia de arriba.
Yo os aseguro que sólo el poder de un hombre es superior al
de otro hombre.
Y en pláticas de este cariz
iba transcurriendo el largo recorrido.
Pero una mañana el capitán
de la embarcación advirtió a los pasajeros que se aprestaran
a resguardarse porque en el horizonte se avizoraban señales
de tormenta. Efectivamente, al atardecer los signos del temporal
se afirmaron, y al entrar la noche se desató una furiosa tempestad.
La marejada sacudía la base zarandeándola como un juguete,
y altas olas barrían la cubierta y los compartimentos del
bajel. Y, en vista de que a medida que las horas pasaban la
tormenta arreciaba, el capitán dispuso evacuar el barco que,
por los embates del huracán, estaba a punto de zozobrar. Mas
no fue posible cumplir la orden transmitida, Una sucesión
de olas gigantescas se abatió sobre el navío que, al quedar
sin equilibrio, naufragó y fue despedazado por la potencia
del terrible maremoto.
Mientras la tempestad continuaba
azotando los restos del buque, los desdichados ocupantes del
mismo, incapaces de ponerse a salvo, desaparecían tragados
por el mar. Solamente el solitario fraile superó el desastre,
pues, con ímprobos esfuerzos, había logrado abordar unos maderos
que, a modo de improvisada balsa, le sirvieron para no se
arrastrado por la vorágine al fondo del océano. Fray Rodrigo,
recobradas sus energías, oteaba alrededor suyo para ver de
descubrir a algún sobreviviente y tratar de ayudarlo. Pero
todo era en vano. El mar había absorbido a los navegantes.
Sin embargo, un golpe de las olas estrelló contra las tablas
un cuerpo, y el misionero, con peligro de perecer en el maremágnum,
lo aprisionó por un brazo. Y depositándolo sobre la balsa,
que a cada minuto amenazaba irse a pique, reconoció, al destello
de los relámpagos, al rescatado: ¡Era Don Gaspar González,
aquel que pensaba que el mundo pertenece a los poderosos!.
La tempestad amainó; y mientras
el sacerdote, rezaba sus oraciones fúnebres por el alma del
comerciante, éste exhaló un gemido. ¡Aún vivía! Inmediatamente
Fray Rodrigo extrajo de su zurrón pócima que dio a beber al
semiahogado, y segundos más tarde Don Gaspar vomitó una tremenda
cantidad de agua salada. Ya algo reanimado, el fraile administró
unas gotas de vino gracias a las cuales recobró la lucidez.
¡Y su sorpresa no tuvo límites al saberse ileso en el centro
del Atlántico y al lado del franciscano!
En los días que siguieron
de náufragos, sometidos a la acción del inclemente sol y moviéndose
lentamente a la deriva, se mantuvieron con la parca ración
que el padre Rodrigo transportaba en su bolsa de peregrino.
Hasta que las provisiones se agotaron. Y entonces el hombre
fuerte, el que siempre se había burlado de los débiles y los
pusilánimes, se entregó a la desesperación. -¿Qué vamos a
hacer, hermano Rodrigo? ¡Moriremos de hambre y de sed! ¡Yo
no quiero morir!- gritaba. A lo que el religioso contestaba:
-¡Tened fe en Dios y la Virgen, señor de Ledesma! No ganáis
nado con quejaros. Si creéis en la potestad divina, rogad
de todo corazón por vuestra salvación, y yo os juro que aun
acariciaréis a vuestro nietos.
Para colmo, una segunda tempestad
estalló sobre los desgraciados; y, debido a la irresistible
vendaval que soplaba, la balsa se abrió por la mitad, con
lo que en su superficie ya sólo había espacio para uno de
ellos. Don Gaspar, trémulo de espanto, se aferró al madero.
Y, antes de perder el conocimiento, escuchó lejanamente la
voy del fraile, que le decía: -No temáis, infeliz Don Gaspar.
Ahora comprobaréis que nuestra Madre nunca abandona a sus
hijos. Sólo os pido que elevéis vuestras plegarias a la Santísima
Virgen, y confiad en que saldréis de esta calamidad.
No supo González cuánto tiempo
estuvo inconsciente; pero, al despertar, se encontró en tierra,
en una playa desierta a ala que había sido arrojado por la
resaca. Quiso incorporarse, pero a extenuación se lo impidió.
Y, al repetir su intento, de su diestra resbaló un relicario
en el que reconoció el que llevaba al cuello Fray Rodrigo.
Una especie de luz cegadora iluminó el discernimiento del
infortunado, y a su mente acudieron en tropel las escenas
ocurridas en el viaje y los dantescos acontecimientos de la
tormenta. Aquilató hasta la última raíz de su espíritu el
desprendimiento del franciscano, que se sacrificó para que
él el altivo González de Ledesma, se librara de los horrores
de la muerte. Y cayó desmayado.
Personas bondadosas que hallaron
exánime náufrago se encargaron de proporcionarle los cuidados
necesarios para su restablecimiento. Y, ya suficientemente
fortalecido, le suministraron los medios para trasladarse
de Cuba, la tierra a donde providencialmente había sido lanzado
por la borrasca, a Campeche.
De más esta decir que Don
Gaspar llegó al puerto transformado, y fue su cambio tan completo
que sus amigos apenas le identificaron: la soberbia se había
trocado en mansedumbre, y la ostentación de antaño se mudó
en humildad. Obedeciendo a un impulso sobrenatural, vendió
su patrimonio y el producto lo distribuyó entre los pobres.
Y con una parte de lo obtenido
mandó construir la capilla que, a ruego suyo, fue puesta bajo
la advocación de Nuestra Señora, consagrándose en el altar
la imagen del relicario de Fray Rodrigo.
Finalmente, Don Gaspar
solicitó ser designado guardián del templo; y, satisfecha
su petición, visitó el burdo hábito del ermitaño que, socorrido
por la caridad pública, terminó sus días en olor de santidad
en calidad de siervo de Nuestra Señora del Buen Viaje.
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