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Hace tiempo que deseaba
escribirte, contarte lo que me sucede dentro y nunca
logro sacar afuera, ese huracán de sentimientos
que me recorre el tuétano de los huesos cuando
pienso en ti e imagino que existes. Hace tiempo, mucho
tiempo, que quería explayarme contigo, como
si fueras un personaje real de la historia que me
ha tocado vivir, a pesar de este rencor oscuro de
esparto que me crece en la venas cuando te encuentro
asomada a algún recuerdo y no soy capaz de
cerrar la ventana. Tú eres así, imprevisible.
Siempre lo fuiste. Desde que nos conocimos. Desde
que te vi una tarde, paseando por el parque y eras
alta como un chopo adolescente culminado por una larga
melena rubia. Parecías una luna llena en una
noche de tormenta.
Hay amores que sólo existen
en la palma de la mano y tú eres uno de ellos,
una semilla que el viento nunca quiso traerme aunque
me la restregara por los ojos hasta dejarme ciego,
esos ojos que cuando se cierran ven tu cuerpo de sirena
azul saliendo de los sueños, cayendo como un
golpe seco, puntual, cortante, en las redes de mi
ensueño. La luz se desvanece tras los párpados,
se diluye en el fondo del cerebro, tras el telón
del subconsciente. Y luego tus pasos se pierden en
la distancia, se alejan lentamente en la cometa sin
hilo que se oculta bajo la almohada, en los desagües
oxidados del tiempo, en la fría cloaca del
infinito, con la idea de volver a torturarme en otro
momento.
Aquí
estoy, encerrado en este cofre del mundo sin ser ningún
tesoro, como un alma en pena condenada a los caminos
más remotos e inhóspitos, al frío
mármol de la abstinencia sin ser viudo, sin
ni siquiera haberte catado por fuera o haber asistido
a uno de tus locos y febriles devaneos. Ya lo ves,
la vida es así. Para unos tanto y para otros
tan poco. Y uno sólo puede decir para consolarse:
¡Si lo sé no vengo!. Yo soy el calvo
ese, gordo como un tonel, al que desprecias intensamente
cuando pasa a tu lado y te mira de reojo, para que
no te des cuenta de todo el deseo concentrado de semental
salvaje y en celo que late en sus pupilas. Pero ya
sé, no te gusta la grasa. A ti sólo
te van los tíos altos, cuadrados, con más
músculo que cerebro.
Recuerdo cuando eras fea y peluda
como un mono y te faltaban algunos dientes y nos tomamos
aquel trippy a medias, bueno yo tres cuartos y tú
lo que restaba. Después nos fuimos a la cama
y nos pilló la subida en plena faena. Las paredes
se volvieron niebla, una niebla espesa y yo no sentía
mis pies cuando caminaba por el pasillo en dirección
al cuarto de baño. No lo pudimos hacer. La
historia se vino abajo, nunca mejor dicho eso de abajo,
cuando ya casi estaba alcanzando el punto culminante.
¡Y yo que había comprado el asunto para
camelarte! Luego me dijiste que no eras drogadicta
y que los picos que ofrecías en la discoteca
la tarde que te conocí eran sólo unas
ampollas de vitaminas que le habías birlado
a tu padre en la farmacia. Era tu manera de hacerte
la interesante. Cada uno tiene la suya. He conocido
a otros que vendían mierda de vaca reseca como
si fuera haschís y alguna gente todavía
les decía: ¡Qué colocón
he pillado! Y ellos se quedaban encantados al comprobar
el poder de su capacidad persuasiva.
¿Te quejas de que me
huele demasiado la mierda? Son gajes del oficio de
vivir. Yo también aguanté aquella semana,
cuando te empeñaste en venir al cuarto de baño
a hacer de vientre mientras me duchaba todas las mañanas.
¿Sería para que yo profundizara en la
veta romántica que desprendías en aquellos
momentos? ¿Para que me inspirara en tu imagen
de princesa sentada en el trono, de aquella guisa
y de aquel olor? Luego me preguntabas qué deseaba
desayunar. Y yo te decía, nada, ya tomaré
un café en la oficina. Y las tripas parecían
leones desconsolados a punto echar el alma después
de haber ingerido una monumental dosis de aceite de
ricino. ¿Qué a mí me huele demasiado
la mierda? Claro, la tuya no importa, por eso, porque
es la tuya, caca de princesa.
Sí. Recuerdo cuando eras
rubia y escasa de estatura y necesitabas ponerte de
puntillas para que el barman se diera cuenta de que
estabas al otro lado de la barra. El miedo que daba
verte caminar por zonas batidas por el viento. Por
eso sentí la necesidad de regalarte aquellos
plomos redondos el día de tu cumpleaños,
como los que se ponen junto al anzuelo en el sedal
de las cañas de pescar. Sí, para que
los llevaras siempre en los bolsillos y una ráfaga
no fuera capaz de apartarte de mi lado de un solo
envite. Pero no picaste, no entendiste la ternura
del detalle y pusiste el grito en el cielo. Esperabas
unos pendientes, en aquella cajita de joyería
forrada de terciopelo y envuelta en papel de regalo
en la que te los entregué. Pero eran sólo
plomos, de color gris y áspera textura, plomos
como todos los segundos, minutos, horas y días
que me quedan por vivir sin ti.
Cuando fui alto, fornido, buen mozo
pude comprobar que me perseguías. Unas veces
eras pelirroja, con la melena larga y una zarzuela
de pecas de frasco columpiándose en tu cara.
En pocas ocasiones te encontraba despampanante, de
echar por fuera, como esas mujeres que parecen un
imán para cláxones de camionero. Las
más de las veces, esmirriada, canija, con la
cara llena de verrugas y siempre quejándote
de que ni siquiera te miraba el guardia de la esquina
cuando aparcabas mal. Pero yo no estaba para muchas
monsergas o remilgos. Era un cachas que te utilizaba
como a un pañuelo de usar y tirar o te despreciaba
olímpicamente. Sólo me interesaba pasar
el rato contigo, hacerte algunas cosillas lindas y
enseguida me ponía a tratar de conquistar otros
puertos. Me encantaba eso de la seducción hasta
que decías que sí, luego sabía
que tendría que esconderme detrás de
la columna de un soportal, cuando te viera en la calle,
para que no me dieras la vara o me empañaras
el corazón con tus lágrimas de mujer
desquiciada por un amor no correspondido.
Luego,
un día, apareciste en mi cama al despertar
y eras negra, negra como el betún o como una
tiniebla espesa. Y por un momento pensé que
aquella noche había estado de aquelarre en
el infierno. Pero me agradó el contraste que
hacía tu cuerpo en mitad de las sábanas.
Así que te regalé un polvo de propina
y mil pesetas para el taxi que te llevara a casa.
Amanecía y el portal todavía estaba
lleno de sombras. Pensé que el color de tu
piel te serviría de camuflaje y así
los vecinos no añadirían una nueva muesca
en mi currículum de soltero de vida disipada.
Pero no cayó esa breva. En las comunidades
de propietarios nunca faltan esos ojos avizor, al
acecho detrás de una mirilla, esperando para
pillarte en un renuncio. En la mía era La Gaceta,
apodo con el que se conocía a la vecina del
primero y acerca de cuyo significado o motivación
sobra o está de más toda explicación.
Luego, cuando fui a la tienda a comprar café,
la tendera hasta me regaló una tableta de chocolate,
y yo sé que lo hizo con segundas, pues nunca
se había dignado regalarme nada.
Sí, ahora que lo pienso fuiste
todas y una sola al mismo tiempo, pero en casi todas
las ocasiones coincidiste en una cosa, la mala leche,
ese carácter tan tuyo parecido al de una mecha
de polvorín a punto de culminar su objetivo.
Contigo no hacía falta ni encender la cerilla,
ardías sola. Cualquier situación la
ponías del revés, le dabas la vuelta
hasta convertirla en una hoguera espantosa que todo
lo consumía. Y yo era leña, leña
concentrada en un montón esperando a que organizaras
tu particular noche de San Juan, como al final hiciste,
incluyéndome en tu aquelarre suicida como si
yo no fuera más que un absurdo monigote de
una falla valenciana.
Sí. Ahora sólo somos
ceniza, ceniza en el viento que decía el poeta,
el humo frágil que deja un cohete en el aire
después de estallar. Se nos pasó el
tiempo, la vida. Se nos quemaron también los
sueños y sólo nos queda esperar el sonido
de la traca final mientras cada uno aguanta su vela
y todo el cirio que ha dejado atrás.
Julio 2002© Fernando
Luis Pérez Poza
Pontevedra. España
El
Taller del Poeta
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