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Eres
todas las ausencias...
Aquellos eran nuestros días
inmortales, faltó tanto por decir y tanto por combatir;
alrededor de tu cabello estaban mis dedos tejiendo
tus sueños, abrigando tu cuerpo mis derroteros; compartíamos
el aliento aclarando el mensaje de la permanencia
efímera y eterna.
Guardabas celosamente mi música, mis pasos, mis secretos
y dibujabas con todo lo tuyo un mundo de curiosidades.
Al recorrer con mis dedos tu rostro en las fotografías,
ríos de recuerdos fluyen intactos de ti, de tus insubordinaciones
tejidas en el revés de los relatos; eras terco pero
al mismo tiempo eras una entonación dulce. Eras la
mañana que florece con los juegos, eras el insomnio
acongojado y el acontecer de lo que no podíamos vivir
por el caos de las valentías ante lo inevitable.
Tus cartas lo dicen todo, tu relación filosófica,
las correlaciones semánticas de nuestra amistad amorosa
y la gratitud hacia lo que te daba era precisamente
el tormento de no poder ser congruente con tus palabras.
Sin embargo, ahora que leo tus cartas, se que era
inútil que negaras el amor, porque en cada insignificancia
esta labrado tu abrazo largo hacia mis preguntas.
El tiempo no ha desteñido tus letras, la forma en
que las anotabas y la paciencia para mecer conversaciones
parpadea en cada hoja.
La primera vez que nos amamos, dejaste una carta pegada
a la lámpara amarilla, estaba llena de demonios, de
sombras, de las vendimias de tus tiempos tristes;
no supe adivinar en ese momento que había un gran
amor en la negación de tus detalles.
Cuando regresaste del trabajo y viste mi maleta en
el borde de la puerta, desembarcaste en mis brazos
para decirme con besos de sangre, que no me marchara.
Que aunque no querías quererme la profundidad de nuestras
noches estaba por escribirse y que yo podía darle
una oportunidad a ese nacimiento.
Esa noche la maleta se quedo durmiendo allí y la siguiente
y la siguiente. Nunca desempaque, pero tampoco la
cerré para marcharme. Desde el fondo de mis lágrimas
vi tu memoria confundida. La eternidad de tus ausencias,
el miedo a perderme, el dolor de la certidumbre que
no podías quedarte. Por eso, desnudaste el amor para
dormir a mi lado con tu cuerpo que parecía desierto
pero estabas floreciendo.
Llenamos de amor dulce cada pedazo de piel, pero más
que nada desnudamos el alma para dormir fundidos en
una cama de nubes. Construimos una escalera infinita
hacia los sufrimientos; olvide el conocimiento para
descubrir en ti que el amor, el verdadero, es matar
los deseos, la piel de borrasca, los sueños, para
despertar al gesto familiar y reescribir una historia
sin halagos, pero con el Verbo tomado de nuestras
manos.
La ofrenda era el modo de adaptarnos, de rasgar lo
que dicen que debe ser, para hacerlo nuevo. Y tus
promesas eran precisas, escribías en mis vestidos
que tenias tanto miedo de morir y dejarme sola que
preferías marcharte y enseñarme a vivir sin ti. Es
en lo único que te he llevado la contraria ... esta
vez no diré: " ... si tú lo dices!". Me
enseñaste a vivir contigo y vivirás conmigo por siempre
y para siempre... ¡ ya te digo !. Hay promesas de
vida, ésta es una de ellas.
Aún arde la cera de la vela, la luna llena anuncia
silentes pulsos en nuestra cama; sigue siendo nuestra
porque nadie más que tú la ha habitado. Los ojos cambian
los tiempos verbales, distantes para no consumir la
tierra de Dios y la poesía.
Nada está de más en ninguna de estas ciudades, cada
cosa pertenece y se desintegra de manera perfecta
para consumir y renovar los días. Dios está en cada
experiencia amorosa, sin este punto de unión no podríamos
habitar el espíritu. Estás en mí como yace la oración,
dibujando con harina los sobresaltos para de un soplo
volarlos hacia la media tarde. Es saludar, como hacíamos,
a la mañana y reír con los párpados sin tener confusiones
en los pómulos.
¿Te das cuenta de lo que vivimos sin escándalos?.
La esencia de los humanos es saber volar, aunque se
tenga una nariz imperfecta, o un cuerpo de pecado.
Y nosotros volamos, dispersamos las perfecciones para
habitar balcones civiles recurrentes en cada herida.
Y no sé por qué, esta carta escrita en español, debe
llevar estas dos palabras que son capaces de decirte
la gloria de los tañidos incomprensibles para los
demás que la lean: "after all"..... ¡ ya te digo
! .... "Después de todo", junio me encuentra
sentada sola canturreando, viendo la vida sin detenerla,
apreciando el ser sin saber si lo merezco; no queriendo
ocupar un sitio que no me corresponde pero sabiendo
que ser tu cómplice -como decías- es ser aceptada
desde toda mi femineidad y desde todo tu ser masculino.
Y amándote más, de una y mil formas diferentes, llorando
de tristeza, pero sonriendo al saber que el amor trasciende
la materia y las distancias. No hay muchas ocasiones
en la vida en que uno puede amar así, ¿te
das cuenta?.
Nosotros encontramos
una lucha común, un sentido real del amor y de vida,
un viento que nos guía, a pesar de todo, en este sabernos
sin que los demás nos sepan. Y en este reconocimiento
de ser los mejores, sin serlo; está la aceptación
de lo que perdura en la prosperidad y en la austeridad
a lo largo de los días y noches complicadas o sencillas;
en la ausencia y en la presencia; en un abrazo profundo
de lo que fuimos, somos y seremos. Sin embargo, no
supimos estar a la altura del amor que labramos, tampoco
supimos defenderlo, porque ser sólo seres humanos
es cometer errores y a veces una de las partes no
entiende lo que significa el amar y perdonar al mismo
tiempo.
Bebo una caña en
un bar cualquiera de estas dos ciudades. No saben
igual y yo tampoco soy la misma. El camino a
tu lado me ha enseñado y desenseñado pero es este
mismo corazón el que ama. Vagabundeo y siento tener
la verdad anudada en cada una de mis piernas. La vocación
de amar es sólo el instrumento de Dios, para dar el
sermón de la montaña al corazón. Amar y ser fiel a
la sinceridad amatoria no es pensar que un clavo saca
otro clavo. Es saber, que ese clavo, es el que une
la vida con el escrito, con la capacidad de definir
que sobrevivo ante la pérdida enorme de tu presencia,
pero me quedo con la fundación de la ciudad religiosa
que eras tú; porque en cada acto estaba la fe como
estandarte.
Era Rut ¿recuerdas?, la que decía: "No me ruegues
que te deje y me aparte de ti, porque a dondequiera
que tú fueres, iré yo, y dondequiera que vivieres,
viviré. Tu pueblo será mi pueblo, y tu Dios mi Dios.
Donde tú murieres, moriré yo, y allí seré sepultada".
Y eras tú, siempre, el que me motivava a repetir este
pasaje, golpeando el muro de nuestro tiempo. Formulabas
negaciones temblando y eras serio pero risueño; un
corazón invisible pero lo llenabas todo. Me enseñaste
que el amor se cuenta por la unidad en tres; era un
breve espacio, pero duraba cada minuto una eternidad.
Pienso...
mientras veo la tierra, las piedras, el mar, tus calles,
la ciudad, que hay personas que toman los hábitos
para amar las congregaciones y para reunirse a orar.
Yo he tomado los hábitos de otra manera, pero finalmente
me reúno con tus silencios orando y congrego las más
claras aflicciones con los mayores milagros.
Mi cuerpo, ese cuerpo que redunda en tus manos, se
torna desvalido ante la nota vacía dejada por tu huella;
la ausencia es tan parecida a morir y me duele este
luto al no ser una pareja. Esta no es sólo una carta,
es una oración mínima a la vida y a tus silencios.
A lo sagrado de las vestimentas, un salmo en medio
de los jardines que son habitados por las tardes,
porque desde tu ausencia ignoro donde quedan las deshonras
de este mundo desnudo, para vestirlo a diario de símbolos.
Confieso que tengo el hábito de amarte, de consumar
el yacer sosteniendo el horizonte solitario, porque
si el amor no es salvación, ¿cuál sería la esperanza
de la promesa eterna?
La vida con tu ausencia -no "en", sino "con"- se hizó
añicos, los cántaros se quedaron solos y vacíos. Bebimos
nuestras copas pero no las agotamos, acariciamos la
mañana, la amistad, el amor, los fragmentos de semanas,
de la confianza; arañamos las zozobras, el
dolor, la luz, la pasión y no quedó nada, pero
tampoco se ha agotado.
No estoy sola porque se que el vino del amor es una
celebración que no tiene muchas fechas de festejo.
¿Dónde rayos encontraría otra existencia espíritual/material
como la tuya?. ¿Dónde existe otra mano que dibuje
como tú, teologías orgásmicas?. Existe, sé que existe
.... pero no quiero otra mano; ¡ tengo tu mano !;
me alejo cada día más del bullicio y estoy más comprometida
con la vida; construyo otros puentes -como los de
Madison... ¿recuerdas?-, otros muy nuestros
en un tiempo de luz, con la luz de la familiar y de
la amistad. Hermandad que me es, como debe ser, sólo
lealtad de corazón de ida y ... vuelta. Sin embargo,
Para decirnos tantas palabras, oraciones y marchar
sobre tantos silencios fue necesario construir un
puente entre tu mundo y el mío. Un fértil campo de
solsticios y equinoccios, una cama de huesos y suspiros.
Éramos como las nubes, como la corteza de los árboles
que no se equivocan; éramos agrios y dulces. Las charcas
de sal y de miel; de sombra y luz viviendo a
pesar de las elecciones, de los combates, de la sangre
que se derrama entre el norte y el sur.
Por eso absorta miro lo que me ofrece el ancho mundo,
pero no hay nada que llene tu espacio, porque nada
hay que llenar. Tu presencia sigue parada entre las
horas, en las esperas de los días, en los campos de
trigo; en el mar que nos une y nos separa y con hilos
invisibles sé que el amor no se hunde en las ausencias,
no se dispersa en el olvido cuando los suspiros aún
completan la tierra que me habita.
No he vuelto a amar porque sigo -seguiré- amándote.
Muchas veces vuelvo a sentir melancolía de las noches
de luna porque no camino con tu mano tomando mis dedos.
Este entreacto es tan largo que preludia la muerte
que es vida y nítida se dibuja entre los días de lluvia.
A contramano es inevitable que lea tus cartas, que
dé una tregua al dolor de este destino de patria destejida.
Nada es lo mismo sin ti, la cama yace sola repitiendo
tu nombre, el ciprés está sin hojas, mis deseos sonríen
y me miran con benevolencia. Las lágrimas acuden en
los inventarios diarios y esta grieta del jueves baja
a reírse de mi, mirando con sus pupilas de horas la
ternura que aún me llena.
Nada es lo mismo, pero aún convive mi aire con tus
camisetas, aún sin tocarte estas junto a mi, abrazando
mis ademanes, mis distracciones; orando con cada sacramento
distante por un momento donde podamos reunir tus recintos
y los míos. Se que esta lección es de consagrar los
desvíos con las partidas, se que un amor así, no es
cotidiano. Se que justo cuando pretendo romper todo
esto, salen las cuentas a decirme que con nadie podré
compartir cada mañana, como contigo.
Las manchas en la pared son exactas a tus manos, envuelven
el misterio de mis noches, hacen que las heridas se
curen pero retoñen porque aún a la distancia te sigo
amando. Tu risa habita hasta los prejuicios de mis
amigos mientras visto tus pantalones cortos y tu pañuelo
se tiende con beneplácito en mi cuello, firmando que
este es territorio comanche, donde la capacidad de
firmeza no se pierde ni es devorada por el olvido.
Éramos ángeles y demonios. También herejes creyendo
en el infinito; soñando que nuestras manos juntas
vencerían las fechas. Nuestro lenguaje primitivo,
invocaba el ocultismo de las siglas. Adán en el paraíso,
Eva trasgrediendo la composición de las predicaciones.
Eres todas
las presencias...
El amor brinda aún
hoy al mundo el espasmo de los sueños; y yo no los
necesito, pero ininterrumpidamente sueño despierta
con tu mar y con la invisibilidad de tus labios. Somos
otra manera el lenguaje del amor. Y me has heredado
lo que más amabas y yo me he entregado con tanto de
amor y agradecimiento que no hay palabras en esta
contienda amatoria más que ser en la fe, la luz del
destino. No te defraudaré... llevaré la lámpara a
todos lados.
Ahora, nuestro idioma se ha convertido en el de los
pájaros. En cada ciudad que camino, eres tú a veces
la palabra y el significado; otras, eres el significante
en el punto de inicio del pensamiento. No sé si donde
tú caminas alguna vez piensas en que soy el viento
que está a tu lado, pero tengo la certeza que me llevas
dentro, aunque no quieras, sabes que como nuestro
amor, no habrá otro.
He cambiado, pero la voz para hablarte sigue siendo
la emanación del principio, tengo una conciencia diferente
desde que dejamos el mes de febrero dormido tranquilamente
en el alma, guardo silencio y pinto en los cristales
tu nombre, mientras imagino que te veo caminando para
salir del hogar, como entonces... como siempre.
Tu mano saludando mi hambre, tu hambre alimentando
mis días. Tu voz detrás del teléfono para decirme:
-¡ loquita gloriosa !, ¿ cómo se te ocurre despertar
tan temprano para verme partir ?.
Y mis susurros diciéndote que no sabía que era temprano,
sólo sabía que era la hora de acompañarte.
La resurrección esta en cada memoria, en cada marca
que tengo en la piel tatuando tu rostro... el misterio
es que el tiempo es obsceno porque edifica claridades
aunque no quiera.
Y te amo en todos los hombres, mujeres, niños, árboles,
pájaros -cigüeñas, palomas, golondrinas-; te amo en
un mar de dulzura, en cada esperanza que nace, en
cada soledad que desarmo, en cada presagio de tus
pasos. Amo cada profecía, cada lugar caminado contigo,
cada beso que no me diste, cada caricia que no me
prodigaste, cada "no quiero quererte". Amo
cada amor que has amado, perdono cada dolor que te
ha lastimado. Desde mi ser mujer entre estos tres
tiempos, sin tiempo, te amo.
Francamente,
no soy una mujer solitaria porque en cada bisagra
de la casa estás tú. Cada amanecer pongo tus cubiertos
y poseo la tierra con tu rostro en la inocencia de
que te fuiste, no porque quisieras, sino porque era
correcto cumplir con la vida. Dejo tu ropa en el respaldo
de la silla, como acostumbrabas hacerlo para entonar
que aún estás en cada humedad de este cuerpo.
¿Dónde terminan las fronteras de la espera?. ¿Dónde
el exilio de los respiros?. ¿Dónde la mano volverá
a hacer caricias en tu espalda?. ¿Cuándo es el tiempo
de reunirnos?. ¿Cómo es que me debo vestir para encontrarnos?.
¿Cuándo dejaré de sollozar desde este sótano oscuro?.
¿Cómo es que vivo con este corazón roto?. ¿Cómo es
que el oxigeno penetra mis sentidos si mis pulmones
son una materia triste?. ¿Estaba escrito que yo tomara
los hábitos bíblicos y al mismo tiempo fuera la cifración
de los pecados?.
Y... ¿dónde
estaba escrito que tampoco fuera la elegida, ni la
visión humilde de la plegaria?. ¿Cómo es que escribiendo
todo esto no me sienta miserable?. ¿Por qué dejaste
que el miedo fuera el protagonista de la historia,
cuando había tanto amor en ambos?. ¿De dónde sale
esta espera mansa en la insólita ternura de la tarde?.
Y este rosario en la mano, buscando respuestas en
cada cuenta ... y encontrando verdad en el día a día.
Más allá, en
el camino del amor están la respuestas. En cada estrella
se mueven tus manos dibujando amaneceres que asumo
como penitencia para salvarme. Que yo, por sí no te
has dado cuenta he aprendido a verlos como querías,
porque no olvidaste que sin ti vivo pero no vibro;
pero con sólo pensarte, un arcoiris se esparce en
el alma y vibrar no es nada, cuando el alma vive.
Sólo espero por ti, por tu verdad, por el día que
vendrás por mi, para romper la injusta presencia de
tu ausencia.
Confieso que aún es tu reflejo el que pasea conmigo,
que el destino en fantasía no ha envejecido y que
como Rut ahora yo repito .... "No me ruegues que
te deje y me aparte de ti, porque a dondequiera que
tú fueres, iré yo, y dondequiera que vivieres, viviré.
Tu pueblo será mi pueblo, y tu Dios mi Dios. Donde
tú murieres, moriré yo, y allí seré sepultada".
Hasta siempre.
Te amo y ... no te digo nada todavía
Ylia |