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Cada
naufragio nuestro
cada noche no dormida
cada grano de tu sal
cada despedida en caricias
-no dichas-
cada marca de tus arrugas llena los
bordes de mi espalda.
Anoche
mientras dormías pinte estelas en
tus piernas
haciendo un nombre nuevo
Rúa Deseo Nostálgico del Amor Azulolivo.
Como
dos caminos que se reúnen de manera
causal:
Soñamos sin saber soñar
soñamos sin dormir
despertamos sin despertar.
Dibujé en tus manos
ensalmos de esperas:
que esperan...sin esperar.
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Escucho
tu voz de nueva cuenta preguntando
la hora.
Es hora Hombre Tierra de Mar
de cosas sagradas
de caminar y ser calle
de ser un día insólito
de ser milagro asombrado.
Para mi ... es hora de marchar.
Un día te darás cuenta
de que juntos fuimos la unidad.
Un día
cargarás las vasijas de barro,
irás a por una ley
que no tenga perfecciones
ni sea redonda
ni rebelde
ni divergente
una ley que no juzgue
sin antes ... escuchar.
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Mientras escribo, como el viento,
olvido deslindar la forma de los actos y soy madera,
barco, luz; idioma inventado por ti, oficiando en
tus manos y comulgando en tu ser. Sé que te
vas y me quedo sin la noche de San Juan, sé
que el camino a Santiago está detenido, que aún, no
lo puedo caminar. Hasta no llegar al destino lo que
manda es el camino; y sin preguntarme has decidido
tu senda, que va sin mi mano, junto al mar.
Esta carta no es un verso, es una túnica de ventisca
para cubrir el desfiladero que nos ve pasar. La vida
nos ha emboscado como las nubes que van cargadas de
hielo y habita el paisaje de sonidos de gaitas; alegres
tristezas que acarician y desnudan para ser sólo dos
desconocidos que sueñan, sin saber soñar.
Casi
es noche de San Juan, casi... falta tanto y tanto
faltará. Los pregones son los míos, oasis en medio
del campo, montañas llenas de verde o de color que
se funda en desarmonías, que engarza la perfección
que tiene la tierra, en contrapartida con el desperdicio
de la creación perecedera que dice que amar, tiene
fecha de caducidad. Pero yo sé que se puede amar en
golpes de años cóncavos o en días convexos al mismo
hombre hasta el fin del universo.
Has sido, sin saberlo el perfume inmaculado, mis nudos
desatados, el incendio que se guardará en el estuche
de mis labios y cuando ames a otra: abre los ojos
para ver mis perlas goteando entre lunas y sangre;
porque a tu lado abracé los senderos, la libertad
y los desafíos del pulso del mundo.
Así te he amado, has sido mi causa, mi bandera, mi
cuenco, mi homilía. La mesa estaba llena de cantos,
el canto lleno de besos que tenía un sabor prometido;
besos salobres, ilimitados, pintados de verdeazulterroso,
besos que no serán suficiente para la noche que está
por venir.
Sabores inacabados, aventuras en cada paso, licor
de hierbas ataviadas de espejismos cancelados. Soy
la canción desconocida, la musa que habita las partituras
que no escuchas, el beso escondido en los pinceles
de las pintadas que viven en las paredes que pisan
de puntilla tus vigilias, ansiedades, sobrevivencias,
santidades infernales.
Lloro por el día de los besos sedientos, caminando
entre cielos estremecidos; sonrío por las fechas que
nunca festejaremos, por los verdes y azules de la
suerte que lamió nuestro tiempo, y aunque gracias
a eso, somos eternos; el saber que el viento de la
noche me cubre, aún de día, duele más de lo previsto.
Lo desconocido me parece tan entrañable; cada camino
a tu lado, parece algo ya vivido; el Déjà Vu es mi
oración cada despertar. No planeo grandes preguntas,
sólo es mirar el paisaje entre agua y tierra para
saber que preguntar, es resbalar por la perspectiva
de los olvidos. Pero sobre todo de las mentiras que
engañan el paisaje de lo que en realidad somos.
Me inventaste y no conocías que dentro de mi
me habitan un ángel y un demonio. Así
suele ser la vida, no hay más... ni menos.
Me
cubriste de tal perfección que me asusté del personaje
que labraste de mi; la primera noche sabía que por
la mañana estaría rota la esfinge y que brotaría barro,
lodo; detrás de todo eso, supé cuando te vi
dormido, que el camino tendría muchas lágrimas. Hay
que amar la fantasía, pero dormir con la realidad.
Cuerpo
celeste afanado en ser más de esta tierra que el mismo
canto, que la misma lluvia que resbala por cada paraje,
por cada silencio, pisando desde siempre la palabra
de mis versos. El viento de la noche despeina la memoria
de tus promesas, te veo y sé que desmontas una a una
porque me has amado, sin amar.
Mis ojos se vuelven mansos,
la pasión es el hogar; guardo el te quiero y la ternura.
Tus manos el sol naciente y me visten de silencios;
envuelvo en hojas el paraje porque no puedo cantar.
Sé que con un día más romperíamos los rincones, pero
una sabe en los ojos traslucidos dónde está el final.
Te miro dormido y sé que para liberar habrá que dejarte
marchar sin entreabrir los labios. Sé que mi flor
de lis es sólo una pena melancólica; que me abrazaste,
sin saberme aceptar. Sé que cuando te vayas te llevarás
todo; la costa, el mar, los labios, el aire.
¿Dónde dormirás?. Cuando camines, ¿me pensarás?, ¿tanto
como te pensaré?. Alimento mis convicciones porque
aunque no estarás, dormirás, como esta noche, en cada
pedazo de viento de los tiempos insomnes que quedan
por pasar.
El crimen verdadero, vida de mi vida, sería que tu
canto no cantara más, que tus palabras fueran a dormir
en la bofetada del silencio. Lo demás será sólo estar
en el abanico de los días, viendo cada uno, como un
hilo del tejido, donde al final tus hilos y los míos
vivieron, viven y vivirán sin que nadie lo sepa, sin
que a nadie le importe; sin haber caído en el abismo
del olvido, porque lo alimentamos con la sangre de
lo que soñamos ser, sin saberlo defender.
Cada
Rúa caminada me hace saber que hay huellas en la piel,
en cada verso, en cada amanecer sin ti y contigo al
mismo tiempo. Somos tan inmensos como este mar que
me mira sorprendido, que no sabe de donde me salen
tantas lagrimas que siempre se secan al viento. Te
miro de reojo al amanecer y se que no me quiero ir.
Perder el bien es destronar los días, ser bruma, lamer
escombros; pero la humildad del día me dice que siempre
hay que proseguir. El hogar que me llevo de ti, está
con vigas de madera y a través del respiradero veré
el sol salir y aunque no estaremos juntos, sé que
ese sol es el mismo que sale para ti.
Andariego, serás el camino, hoja de papel salomónico,
breve, conjunta en la inundación de mis días y caricia
que llena mis ánforas existenciales. Que esta noche
es la última que andaremos tierra dentro de nuestros
cuerpos.
No sé en qué ciudad vives hoy, no sé si tomas el metro;
si andas en la autopista, si quitas las armas a los
necios. No sé si es que bebes café, si sigues destilando
aguardiente antes de dormir; pero sé que te prolongaras
en mi, que serás el territorio, la flecha, el arco
y el cuerpo de mi cuerpo.
En tu ausencia escribo palabras que merodean la quintaesencia
de la emboscada de las promesas que bogan en el mar
del Arca de Noe. Abrazo la tarde que no renuncia a
ser noche, no hago el amor en la mañana que denuncia
la luz a la oscuridad que deambula en tus colores.
Amo cada pregunta tempestuosa, la lejanía, el saludo,
el color deslavado de manos, las roturas asustadas
de los míos. Echo de menos esa tarde donde fabricamos
secretos y canturreos. Sí es que hay sombras en tus
días, vida mía, pónlas en el diccionario de los vientos
exánimes, ¡quémalas como la hierba!, que pervive cada
día imaginando que es un narciso y danza junto al
mar; decodifica tus vuelos y los míos porque cada
mito que se rompe, ¡sábelo!, recita en rituales convenidos
la labor de ser, sin estar.
Fuimos
sin quererlo incrustaciones en los muros, miradas
que no se reducen a replegar la vida, moradas humildes;
sin embargo, yo siempre supe más de ti, que tú de
mi.
Nunca
supiste que me dolían los días cuando no estabas,
que la piel dejó de ser un laberinto en tus manos,
que avance hacia ti, cruzando todos los mares y ciñendo
el entendimiento de amarte, sin perder de vista tus
fragmentos. Que amé de ti lo más humano y lleno de
defectos; que vi más allá de lo que supiste mirar.
Nunca
preguntaste nada, acepté la emboscada de no querer
saber. Yo no tengo excusa, callé, no porque me faltaron
palabras. La noche se entreabría a mis brazos y no
pude demorar sumergirme en tu destino. Más allá del
silencio estaba la palabra escrita en esas lágrimas
del primer contacto. Más allá de decirte te quiero,
estaba el compartir la noche, el sueño y amanecer
en ti.
El resplandor de la dicha ciega tanto, que el tapiz
a veces es sólo una línea en el horizonte; una no
dice, no porque no tenga nada que decir, sino porque
el encuentro con el amor verdadero, nos deja insomnes,
como brizna en un jardín. Nos desgarra, nos deja inmóviles.
Cuando debajo de la piel hay estrellas sólo es mirar
la transparencia de amar y querer vivir. Y creer,
como en el cuentos, que habrá un día donde Dios sostenga
la palabra de amar en el punto exacto, donde el campo
sea el rostro de entender la sin razón y no cerrar
la puerta; pero eso sólo pasa en los sueños. La realidad
es tal como debe ser... el viento, sólo el viento...
Me
verás marchar y me desplomaré, el santuario
es romper las quimeras en las vías rápidas y cada
doce horas una oración de Epifanía se desplazará
en el grito del mundo; la aridez me bordará
gruesos limites al darme cuenta de que dijimos adiós
a los amaneceres, a la lágrima a trasluz de la felicidad.
Cuando el viento entretejió juicios sin perdones,
mi barco se alejó de la costa y asumí que el paraíso
prometido era un naufragio que indeleble se tatúa
en la piel.
Deseo
para ti que despejes los cerrojos, que sepas que el
camino es dar rienda suelta a tus palabras. Que hagas
del papel un noble arsenal de prendas robadas a las
nubes. Que te desvistas cada víspera en tibias rebanadas
de besos, cenes en tu cuerpo ocultando los celos de
la fragancia que es la esencia amotinada en este mundo.
Tires la mortaja y te regales a la vida; que vivas
y seas un destino sin subsuelos.
Amor mío, desgarra en cualquier ciudad, en cualquier
guiño la prisa de los galgos que van a morir en una
calle cualquiera, abre los puños, la piel, deja las
venas al aire; y se, bienamado hombre, la décima,
el vacío, el evangelio del corazón que resucita en
el refugio de las lagrimas, porque el precio que hay
que pagar por amar así, es el misterio de las heridas
humanas para despistar al cobrador que llega por su
cuota de alquilar, por un fogón de amor y pasión,
tan eterno, como el mar vestido de azulverdeluzdesombras.
Nosotros...
tenemos raíces inversas, lluvias, caminos, profanaciones
y creencias escondidas en otoños, en viajes que no
hemos hecho, en boletos guardados y por eso, sólo
por eso, podemos mezclar las fauces que nos miran
atónitas con el presagio de ser aplausos goteando
en cada estación de cualquier tren, de cualquier ciudad.
Pintadas
que no hemos hecho, que dicen que tú, acampas en estos
ojos que matizan la bienaventuranza de la tertulia
de mi sangre, en esta tierra que me dá cielos, montañas
pintadas de colores, un mar filoso y la humildad de
recoger con mesura y tristeza piedras pulidas por
el tiempo que son la textura de tu alegría, el cáliz
de tus orígenes y el improvisado beso de nuestra vida
en lugares distintos, bordados con avenidas diferentes
pero suspirando fundidos en esta Rúa de vida que,
pese a todo, nos ha de ver reír.
Tú
me enseñaste a amarte, ahora aprenderé
a olvidar. Semos los mejores! nunca lo olvides.
Besos escritos en el viento de la noche. Te amo, es
cierto y no te digo nada ... todavía.
Ylia
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