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Puede
ser algún sueño que tuve durante la noche,
o tal vez tan sólo la cerveza que bebí antes
de acostarme. Quizás sea un recuerdo indeseado,
de esos que parecen hechos sólo por la impertinencia
y a la medida de uno, como los ternos de los
sastres. Pudo ser cualquier cosa. No lo sé.
Pero el caso es que al levantarme encontré
un ambiente de tristeza en mi dormitorio.
No era yo. O mejor dicho, no era sólo yo.
El televisor mostraba unas imágenes distintas
de las que dejé antes de dormir. La película
era otra. El día era otro.
Pero la tristeza
parecía la misma. Había sobrevivido al paso
de las horas con la solemnidad de mis más
firmes sentimientos. Y yo, que la he conocido
menos seria y acompañando a casi todos mis
paseos infantiles, sé que no me engaña. Ahora
se disfraza de una película, mañana lo hará
de un disco, de un libro o de un exótico pez
de acuario.
Y aunque todo parece una historia conocida,
anoche hubo una pequeña diferencia. Sí, ya
sé que cada vez es distinto, pero aun así,
en mi sueño la vi adquirir una forma totalmente
distinta, una que no le conocía pero que siempre
estuvo ahí. Porque desesperado por descifrar
sus sutilezas, no se me ocurrió devolverle
la mirada a ese rostro que me miró siempre
de frente.
La tristeza tuvo forma de mujer. Y entonces
lloré de verdad.
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