|
Ausencia
Recuerdo la primera
vez en que me visitó aquella mano misteriosa.
Fue a fines del invierno. Yo me había recluido
para llorar en la oscuridad, y mientras me
secaba las lágrimas con la manga del pulóver,
la mano cálida y extraña se posó sobre mi
hombro. Dejé de llorar y me quedé inmóvil,
incapaz de darme vuelta y descubrir al dueño
de esa mano que ahora me acariciaba el pelo
y que me hacía cosquillas detrás de las orejas.
Junté coraje y escapé de la habitación sin
mirar atrás.
La mano volvió
en muchas otras ocasiones en que yo me ponía
a llorar en soledad. Pero ya no me sorprendía.
Se había vuelto una fiel compañera. Me visitaba
en la penumbra de un balcón, en un cuartucho
de hotel, en un callejón desolado. Conviene
aclarar en este punto que soy un hombre grande
y sé que no debería andar llorando por los
rincones, pero no puedo evitarlo.
No existe
un motivo preciso, lloro porque sí: el llanto
es para mí un hábito miserable pero también
necesario. En esos momentos, como si hubiera
estado vigilándome en secreto, la mano surgía
espontáneamente sobre mi hombro y se ponía
a tamborilear o me rozaba la cabeza. Nunca
me atreví a darme vuelta o a encender la luz.
Aquello hubiera sido profanar la curiosa relación
que nos unía, esa intimidad que había nacido
apartada de los brillos del día y de la ciudad.
Por otra
parte, yo tenía miedo de perder la gozosa
incertidumbre de andar adivinando qué cara
estaría acechándome tras la mano. Miedo también
de descubrir que, más allá de la mano, no
existía una cara sino el abismo o el aire
que la movía anónimamente. Pero, de todos
mis terrores, me dominaba el de llegar a odiarla
o el de quererla demasiado.
Sin embargo,
cuando ella aparecía, yo me mostraba indiferente.
Le daba la espalda sin manifestarle interés
ni rechazo. Jugaba al juego de hacerme el
importante. Hasta que la mano nunca más volvió.
Dejó de visitarme
al llegar el otoño. En un principio creí (quise
creer) que se vio obligada a emigrar por el
cambio de estación. Pero fue sin duda mi cruel
indiferencia lo que la hizo desistir. Si yo
hubiera demostrado los estímulos que me producían
sus caricias... Pero ya es tarde. Hoy me sobran
motivos para llorar. Ahora conozco la certeza
de mis lágrimas.
|