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Cuadro
medieval (Del siglo XX)
Llevaba toda la mañana manejando
la herramienta. La mañana era muy clara. El sol producía
una impresión celestial en el estrecho taller, un haz
de puntos luminosos tajando la estancia en diagonal.
Era agradable estar allí dejando pasar las horas, esas
horas tan iguales a otras muy lejanas: las horas litúrgicas
de la mañana. Hace una eternidad, el haz cortaba el
volumen globuloso del crucero de una iglesia, cayendo
desde las ventanas que rodeaban la cúpula, cada una
con su obispo polícromo. Agradable marcar el paso del
tiempo con los martillazos, a salvo del aburrimiento,
en un sopor deliciosamente rutinario. Saberse dueño
de esa rutina le causaba placer. El gato lo miraba desde
su majestad de ojos verdes, estático y gravemente feliz
en la base del cono de luz. De improviso, se sintió
feliz y no quiso nada más. Se sintió como uno de aquellos
obispos multicolores de la cúpula, que
él miraba extasiado junto a su madre cubierta con un
velo, el grueso misal misterioso entre las manos. Se
supo uno de aquellos obispos y no evocó nada, sino que
se vio formando parte de una evocación, de una quimera.
Si morir era así, bien
estaba. Porque estaba claro que vivir no era así. Vivir
era fluir continuamente hacia otra cosa. Vivir era perder.
Como un momento después, cuando entró un cliente y todo
terminó.
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Derrota
Su desnudo triunfó
en leche temblorosa
forjándose en lo negro
como una efigie lumínica
tan bruñida
que los dedos se encogían
antes de tocarla
estremecidos por el exceso de su promesa
Yo había querido poseerla
pero sólo me fue dado
venerarla
ahogarme de pasión
sometido
a su presencia
verla
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