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La Aparecida - Tratado
de Locura Urbana
Mientras la
mañana avanza lentamente, unas sombras oscuras se
disipan y la luz les descubre sus harapos. Los locos
urbanos que se cruzan en mi camino se me antojan seres
que iniciaron su trascendente viaje a otra dimensión
en una nave que zozobró en la angustia y se han quedado
en tierra, con todos sus sentidos abiertos a ambos
mundos. Deambulan ajenos a éste, cruzando calles con
semáforos de colores apagados. Rondan las fronteras
de un más allá cuya llave pende colgada de sus míseros
collares de mugre.
Uno a uno los descubro. Juanchito habita los miedos
de mi infancia. Su ropa renegrida, y su cúmulo de
cajas sucias despedían un olor a pescados viejos.
Tantas veces quise darle un tinto caliente, unos zapatos
buenos, unas camisas limpias y tantas veces murió
mi caridad crucificada por el terror que inspiraban
aquellas sentencias de la nana: "Si no duermes temprano,
Juanchito te lleva".
Luego vino Gloria. La loca Gloria que en cada casa
descubría un cadáver producto de una riña de amantes,
de un pleito a cuchillos. Para ella todas las casas
olían a sangre. La luz que formaba un pozo en las
terrazas tenía la viscosidad de la sangre casi coagulada,
y el lento gotear de las mangueras en los jardines
tenía el sonido macabro de la sangre cayendo lánguidamente
sobre los pisos que antes reprodujeron los pasos discretos
de los amantes furtivos. Cada vez que Gloria se cruzaba
por mi camino, y le oía sus gritos acusadores señalando
cualquier casa y su plop, plop, explicando como la
bala, el cuchillo o la navaja habían acabado con el
amante infiel, yo me estremecía de espanto. ¡¡¡ Qué
cosa sangrienta son los amantes!!! Y me quedaba varios
días pensando si el veneno era la única manera romántica
para morir de amor, porque en esos tiempos morir era
solo un asunto físico.
Luego vinieron todos
esos locos que se atiborraron de drogas, que falsificaron
sus boletos de viaje, se colaron por la puerta de
equipajes, y se tendieron a dormir sueños plácidos
allí donde la turbina alcanza su máxima velocidad
de propulsión. Locos que saltaron al vacío con un
paracaídas de polvo, de hierba, de envolturas gelatinosas.
Locos a marchas forzadas, locos esclavos, locos de
viajes cuyos rumbos no iban al asombro y se quedaron
con los ojos inusitadamente abiertos esperando los
fuegos fatuos de unas orgías donde los colores eran
sonidos huecos.
En un viaje de esos se quedó Dalia. Dalia que enseñaba
matemáticas con la dulzura de una niña que enseña
sus postres de barro y sus pasteles de arena. Dalia
que pintaba ecuaciones como si fueran alas. Dalia
y sus logaritmos existenciales. Cuando veo a Dalia,
pienso en aquellas monedas que contaba con voz saltarina
para enseñarnos la diferencia entre tener y ser. Dalia
sigue perdida en estas calles, atada a la geometría
de dos dimensiones, perdida en las aristas de un triángulo
amorfo. A veces la encuentro desnuda junto a la fuente
del parque, tomando con sus manos el agua azulosa
para quitar de su piel ese color cetrino que tienen
los muertos cuando no se bañan antes de su partida.
Al cruzar el bulevar de la 58, encuentro a Modelia,
quien fue portada de revistas y diva de algún diseñador
en franca decadencia. Modelia no es su nombre, pero
así le dicen porque aún a bordo de sus lycras roídas
y sus zapatillas descosidas, anda con paso elegante,
las manos a la altura de la cintura desafiando las
modas nuevas, posando eternamente para unos flashes
que hace rato no brillan a su alrededor. Modelia tiene
cuerpo de reina y semblante de carátula de revista
frívola. Modelia, como una brigittebardot criolla
ha adoptado un perro. Lo lleva amarrado a una traílla
de trapos oscuros. El perro deambula con ella, come
de su mano, duerme a sus pies, sacia su sed en la
misma fuente donde Dalia lava su túnica. ¿ Sabe el
perro que Modelia camina en puntillas por la frontera
que desdibuja este mundo y aquel? Sólo sé que el perro
le es fiel.
Que los locos van directo al cielo cuando experimentan
su segunda muerte, lo supe el día que Noris se agachó
frente a la ventana por donde los Gemelos la espiaban
para ver si venía a robarle sus mas preciados juguetes.
Y al volverse a poner en pie, una figurita sangrante
tenía en sus brazos. Noris parió en cuclillas sobre
la grama. Cuando al unísono los Gemelos explicaron
a su madre que estaba haciendo Noris en el jardín
de enfrente, hubo que ver para creer. Los paramédicos
confirmaron que el parto había sido completo, y de
la calzada recogieron, en una bolsa de plástico amarillo,
una placenta que más parecía un escupitajo sanguinolento.
Eran las once de la mañana cuando Noris dio a luz.
A las tres de la tarde, fuimos a ver a la criatura
llevándole ropitas nuevas, biberones y una canastilla
de encajes rosas. A través del cristal de la sala-cuna
reconocimos enseguida a la hija de Noris, y la enfermera
nos lo confirmó: la niña es un ángel caído del cielo.
¡¡¡ Así tenía que ser!!!
En cada loco urbano sigo descubriendo una primera
muerte mientras vigilo para que la mía llegue tardíamente
a la cita y coincidan ambas en un sólo viaje expreso.
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Se buscan palabras
Yo, pecadora me confieso ante
vosotros hermanos que he he pecado mucho de pensamiento,
palabra, obra y omisión:
Las palabras se me escapan con las primeras brisas
de la tarde, se me pierden en los horizontes, en bandadas
vuelan atravesando ventanas buscando un pretexto para
que germinen en sonrisas...
Por la palabra arrastro
la gula de la poesía, la lujuria de la metáfora, la
avaricia del símil, la envidia de la armonía, la ira
de las ironías, la soberbia de los epítetos, la pereza
de los silencios...
Por obra y gracia
del calor de los amigos me confino a la playa mas
cercana del sol negándome a cumplir con la saludable
sentencia de ganar el pan con el sudor de los demás...
Por omisión, olvido los desagravios, las ingratitudes,
esperando que me perdonen como perdono que me olviden
los demás :-)))
Por mi culpa, por mi grandísima culpa, por eso ruego
a vosotros, forelianosadictos, que intercedáis por
mí ante los ángeles para que me presten sus alas cuando
las mías estén cansadas y que la playa mas cercana
al sol sea nuestro refugio por los siglos de los siglos.
Amén.
¡ Que las musas despierten pronto !
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